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La palabra "metanoia"
significa "desde el entendimiento, a partir de la razón". Esta
palabra usualmente se la traduce por "conversión", entendiéndola
como dejar de hacer algo no permitido, pero muchas veces sin entender el por
qué. La verdadera "metanoia" consiste en entender el mal presente
en una acción nuestra, dolernos de ello, y volvernos hacia el Señor,
necesitados de El: "Oye, Señor; oh, Señor, perdona; presta oído,
Señor, y hazlo; no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío" (Dn. 9,
19a).
El libro del Eclesiástico nos da un consejo muy sabio: "No
te avergüences de confesar tus pecados, no te
opongas a la corriente del río" (Eclo. 4, 31-32a). La confesión de
nuestro pecado nos hace reconocer ante nosotros mismos, y ante quien lo
confesamos, nuestra pequeñez y la grandeza del Padre. Por eso nos aconseja la Sagrada Escritura
no tener vergüenza de que el otro sepa que soy un pecador. Todo lo contrario,
confesar mi pecado me hace grande porque me empequeñece. No confesar mi
pecado es oponerme continuamente a la
Voz del Espíritu Santo que dentro de mí me está convocando
a hacerlo: "Pero yo os digo la verdad: os conviene que yo me vaya;
porque si no me fuese, el Consolador (el Espíritu Santo) no vendría a
vosotros; mas si me fuere os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de
juicio" (Jn. 16, 7-8).
El Rey David conoció muy bien lo que era ser pecador, lo que
era confesar el pecado y lo que era sentirse perdonado. Esos sentimientos los
dejó en el Salmo 32: "Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido
perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien YHVH no
culpa de iniquidad. Y en cuyo espíritu no hay engaño. Mientras
callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de
día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades
de verano. Mi pecado te declaré, y no encubrí mis
iniquidades. Dije: Confesaré mis transgresiones a YHVH; y tú perdonaste la
maldad de mi pecado" (Sal. 32,1-5).
El Sacramento de la Reconciliación es una manera que tiene el Señor
de sanar nuestras enfermedades del alma. Cuando el sacerdote nos dice que nos
perdona, en el Nombre de Jesucristo y de la Iglesia, a nuestra alma
vuelve la paz, el descanso. Todos hemos experimentado que "se nos quita
un peso de encima", nos volvemos a sentir, libres, dignos, de pie.
Experimentamos, al confesar nuestros pecados, cómo vuelve el Padre a
abrazarnos, a acogernos en Su Pecho, a reintegrarnos a Su Redil. Por eso el
Sacramento de la
Reconciliación es un requisito previo para recibir otros
Sacramentos. Y, ¡claro que tiene que ser así! Vimos anteriormente que el
pecado oculto no nos permite recibir la nueva Fuerza de Dios en otro
Sacramento. Los judíos confesaban su pecado antes de recibir otro Sacramento:
"Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero a
alrededor de sus lomos; y su comida era langostas y miel silvestre. Y salía a
él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán, y
eran bautizados por él en el Jordán confesando sus
pecados" (Mt. 3,4-6).
Dice el Rey David en el Salmo 32: "Mientras callé, se
envejecieron todos mis huesos en mi gemir todo el día". Está
haciendo una descripción muy patética de lo que es el remordimiento, la
angustia por la falta cometida, el sentimiento de culpa y todos esos
sentimientos que nos van presionando desde dentro a confesar nuestro pecado.
Es el Espíritu Santo quien nos impele a confesar nuestras iniquidades. Hasta
los perros se confiesan. Cuando hicieron algo sus actitudes cambian: esconden
la cola, se agachan ante el amo, se esconden, etc. y uno sabe que algo
hicieron. Así son los niños, antes de la mamá saber lo que pasó, muestran sus
diez deditos abiertos con sus palmas hacia arriba diciendo: "yo no
fui".
El Sacramento de la Reconciliación también fue llevado a la
plenitud por Jesús. En la
Nueva Alianza, Jesús es el Cordero sobre Cuya Cabeza el
sacerdote coloca nuestros pecados: "Si decimos que no tenemos pecado,
nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no esta en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, el es fiel y justo para
perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no
hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en
nosotros" (1 Jn.1,8-1 O).
El Sacramento de la Reconciliación en nuestra Iglesia Católica,
conserva la tradición judía e inicial. Los judíos en la antigúedad, y nosotros
hoy también, se acercaban y nos acercamos al sacerdote llevándole una víctima
que pagara, y que pague por los pecados. Ellos le llevaban un cordero de
carne y hueso sobre el cual él depositaba sus pecados. Nosotros le llevamos
hoy el Cordero, Hijo del Padre, Resucitado, Quien ya pagó por nuestros
pecados.
Muchas personas niegan el poder del Sacramento de la Reconciliación a
causa de las acciones de algunos sacerdotes, alegando que no tienen que
confesar su pecado con un hombre como ellos. De esta manera se cierran a la
eficacia y el poder de otros Sacramentos y guardan así, en su interior, un
sector en el que reina Satanás, evitando un encuentro permanente, edificante
y efectivo con el Señor. Cuando uno acude al Sacramento de la Reconciliación,
no acude para enjuiciar las acciones del sacerdote, acude para que él
deposite sobre nuestro Cordero Celestial, nuestro pecado, y así poder seguir
caminando libres, el Camino por el que Jesús nos está guiando hacia el Padre.
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