|
|
|
|
En
el Sacramento de la
Confirmación nosotros renovamos las promesas hechas al
Señor en nuestro Sacramento del Bautismo. Porque no sabíamos lo que hacíamos,
lo hicieron nuestros padres y padrinos por nosotros. Le dijimos al Señor que
creíamos en El, en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Esto quiere
decir que nos dejábamos impregnar, penetrar, fecundar por Ellos. Quiere decir
que renacíamos en Ellos a la
Vida Eterna. No le estábamos diciendo al Señor que creíamos
en El, tal como lo que significa. Nosotros creemos en El por tradición y esto
sólo necesita un pequeño esfuerzo de la razón, como quien cree, también, en
la existencia de Napoleón. Nosotros le estábamos diciendo que le creíamos a El. Le estábamos diciendo que creíamos que
era El quien nos podía fortalecer durante toda nuestra vida con la abundancia
de Sus Dones, que podría consagrarnos para El para seguir el Camino de Jesús.
Y esta es una decisión responsable, voluntaria y libre que nosotros confirmamos cuando celebramos, con El, nuestro
Sacramento de la
Confirmación.
También
en nuestro Sacramento del Bautismo nos comprometimos a rechazar la acción de
Satanás en nuestra vida y cuántos de nosotros no sabemos qué significa eso.
Ese
día, por la imposición de manos del Obispo, recibimos una nueva efusión del
Espíritu Santo, que nos capacita para continuar la obra de la Verdad de Jesús. El
Obispo pidió para nosotros los mismos dones que tenía Jesús: Sabiduría,
Inteligencia, Consejo, Fortaleza, Ciencia, Piedad y Fidelidad constante a Su
Santa Voluntad (Is. 11, 1-4a). ¿Se imaginan lo que sería el mundo si todos
los que fuimos bautizados y luego confirmados, viviéramos bajo la guía
interior de todos estos dones? ¿Qué pasó, entonces? Que recibimos este
trascendental Sacramento con inmadurez e irresponsabilidad; sin compromiso ni
participación alguna de nuestro ser interior. Recibimos un rito mágico, no un
Sacramento. No recibimos "una señal visible de
una realidad invisible", recibimos un acto vano, vacío, sin
significado y por eso no transformó nuestras vidas. No recibimos el Espíritu
Santo, porque no lo estábamos pidiendo desde una conciencia plena de lo que
pedíamos: "En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie
y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree
en mí, como dice la
Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto
dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no
había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún
glorificado" (Jn.7, 37-39).
En
nuestro Sacramento de la
Confirmación, hecho de manera inconsciente, estábamos cumpliendo
un ritual más. Estábamos haciendo de la ley un dios y no estábamos
entendiendo que, Dios es nuestra Ley.
Pero,
como desde la más lejana antigüedad se estaba renovando continuamente esta
Confirmación de pertenecer al Señor de manera voluntaria, responsable y
libre, aún lo podemos hacer y lo podemos hacer muchas veces. Le podemos pedir
una nueva efusión del Espíritu Santo para adquirir una nueva responsabilidad
en las labores del Reino; para tener una nueva luz y fuerza para comprender la Sagrada Escritura,
proclamarla y defenderla; y para dar testimonio de El aún cuando nos cueste
la vida, la fama, y la salud. ¿Cómo se hace esto? Lo primero es desearlo
ardientemente y luego decírselo de manera sencilla y sincera. El Señor
actuará. Lo notaremos porque empezaremos a tener un gran anhelo de Su
Palabra, de los Sacramentos, de la oración y nos iremos aburriendo en las
cosas del mundo. Figurar, competir, enriquecernos y satisfacernos a nosotros
mismos, ya no tendrá para nosotros ningún sentido. En cambio, crecerá en
nosotros el deseo de servir a los demás y del bien común. El sacrificarnos
por los demás tendrá un gran sentido y seremos seres comprometidos con todos
los seres vivos, con toda la naturaleza. ¿Ven cómo cambiaría el mundo si los
bautizados y confirmados viviéramos nuestro compromiso, adquirido con el
Señor, de manera madura y responsable? De esta manera la vivieron los grandes
patriarcas y líderes de Israel Antiguo, puesto que, a pesar de todas sus
debilidades, supieron traer hasta nuestros días la maravillosa realidad de
CREERLE A DIOS.
|
|