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Así se convierte la Eucaristía, como llamamos a la conmemoración de
la Cena de la Nueva Alianza, en
el Sacramento por excelencia, en el signo visible de una realidad invisible
que sucedió hace cuatro mil años en Egipto: El Padre liberaba a Su Pueblo de
las manos egipcias, para también liberar en Su Pueblo el Germen del Mesías
que llevaban ellos en su sangre y que liberaría dos mi años después toda la
creación de las manos del "misterio de la iniquidad" (2Tes.
2,7), que consiste en llevar la creación a la muerte, a la destrucción y
corrupción: "Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar
la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a
vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en
esperanza; porque también la creación misma será liberada de la esclavitud de
corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios" (Rom.
8,19-21). Ese es el misterio Paternal que contiene nuestra, pocas veces
entendida, Eucaristía. Tenemos que volver a Egipto, a Jerusalén en cada
Eucaristía que asistamos para participar en ella, con toda nuestra realidad
interior, de nuestra liberación. Desconocer todo el contenido de este
Sacramento Magno, es participar de un simple rito mágico, vacío, sin
contenido, idolátrico, que no ejerce ningún poder de transformación en el
alma cerrada, que no se siente necesitada de la constante ayuda Paternal de
Dios.
Además, en cada Eucaristía se está cumpliendo el mandamiento
de Exodo 12,14: "Y este día os será por memoria, y lo celebraréis como fiesta solemne para YHVH durante todas vuestras
generaciones; por estatuto perpetuo lo celebraréis". Por esta
razón, cuando Jesús está celebrando la Pascua de instauración de la Nueva Alianza, la
mal llamada "última cena", recuerda esta ordenanza de Su Padre: "Y
tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en
memoria de mí" (Lc.22,19).
Cuando el sacerdote eleva el cáliz con la Sangre de Jesús y la
patena con Su Cuerpo es el momento de aceptar gratuitamente la donación que
de Sí Mismo ha hecho por cada uno de nosotros. Es el momento de decirle:
"Señor Jesús, acepto que Tú eres el Cordero de la Alianza Nueva y
Eterna. Acepto Tu muerte y Tu Resurrección como máximo regalo del Padre.
Acepto que es gratuita Tu entrega. Acepto Tu Cuerpo y Tu Sangre como ofrenda
por todo mi pecado". Esa es la actitud de la persona que sabe lo que
significa la Eucaristía,
que conoce que la
Eucaristía es el signo visible de una liberación que es
invisible.
Toda esta larga, hermosa y dolorosa historia de fidelidad del
Padre con Sus hijos y de las frecuentes traiciones de ellos, está encerrada
en este Signo Magno que es la Eucaristía. Desconocer
todo lo que la Eucaristía
tiene dentro, es sentarse ante un rito mágico que nada aportará al alma. El
Señor no nos quiere como miradores pasivos de ceremonias que no entendemos.
El nos quiere activos, participativos; con nuestra voluntad dispuesta y
alerta a todo el bien que El quiere hacernos. Con toda seguridad que si desde
niños nos enseñan que una Eucaristía es el Gran Signo que tiene
"escondido" todo lo que somos en cuanto a nuestra naturaleza humana
y en cuanto a nuestra historia y relación personal con el Padre, no
tendríamos que llevar a la
Eucaristía música rok para atraer con ella a la juventud,
confesando así nuestra incapacidad de contactarlos con Jesús.
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