¿POR QUÉ CORDERO?

 

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El Padre eligió a todos Sus hijos para que comieran el cordero. A todos los descendientes de Abraham con quien había hecho el Pacto para siempre. Se percató de que todos comieran el cordero. Que lo hicieran juntos, como lo hacen los hijos del mismo padre. Con sus vecinos, poniendo así las bases de la comunidad. Comería toda la familia del mismo cordero significando así LA COMUNION, la común unión. En este momento los estaba integrando y unificando como Pueblo, como Su Pueblo. Alrededor del cordero los unía para simbolizar que eran uno solo al comer del mismo cordero y al ser salvados todos juntos por la sangre del mismo cordero: "Partieron los hijos de Israel de Ramesés a Sucot, como seiscientos mil hombres de a pie, sin contar los niños" (Ex.12,37). Era un pueblo grande el que YHVH estaba liberando e integrando en uno solo por medio del cordero. Como si fuera un solo hombre, un solo hijo del Unico Padre. Fue por esta razón que luego vino la entrega de Su Palabra, de la Torá, y en Ella el más sublime de todos los mandamientos, el mandamiento del amor: "No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo YHVH" (Lev.19,18).

¿Por qué les pidió que comieran cordero? EN ESTE SIGNO TIENE SU RAIZ TODO EL MISTERIO Y MAGNIFICENCIA DE LA SAGRADA EUCARISTIA. Durante todos los tiempos y en todas las culturas, el cordero ha significado la simplicidad, la dulzura, la inocencia, la pureza, la obediencia, y siempre se ha considerado como el animal de sacrificio por excelencia. Dice Jesús de El Mismo: "... Soy manso y humilde de corazón..." (Mt.11,29b). "Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado" (Heb. 4,15). "... He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió" (Jn. 6,38). "El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn. 1, 29). "Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios" (Jn. 1,36). Esta era la revelación oculta tras las puertas marcadas con sangre de las casas de los hebreos en Egipto. Que Jesús era el Cordero del Padre, la Víctima Definitiva y Eterna que el Padre pondría por el perdón de los pecados, como le había anunciado a Abraham: "Entonces habló Isaac a Abraham su padre, y dijo: Padre mío. Y él respondió: Heme aquí hijo mío. Y él dijo: He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto? Y respondió Abraham: DIOS SE PROVEERA DE CORDERO PARA EL HOLOCAUSTO HIJO MIO..." (Gen. 22,7-8).

Pero pecado en el pensamiento hebreo no significa infracción a la ley. Cuando la Sagrada Escritura se refiere al no cumplimiento de la ley de Moisés, habla de transgresión, no habla de pecado, habla de transgresión: "...No he transgredido tus mandamientos..." (Deut. 26,13c). Porque pecado para los hebreos significa errar el blanco, salirse del camino. Jesús era, pues, el Cordero Eterno del Padre que enderezaría el camino de los hebreos hacia la Tierra Prometida. También iba a enderezar el camino de la Antigua Alianza que ya estaba torcido, porque cambiaron al Padre por la ley y porque en ella se salvaba cada uno a sí mismo tratando de cumplir la ley, mientras que en la Nueva Alianza el camino derecho consistiría en que sería el Cordero del Padre quien nos salvaría y conduciría hacia El. Además, porque Jesús es Cordero Eterno, es el Cordero del Padre que endereza durante todos los tiempos el camino de los que queriendo encontrarlo, no lo hayan.

Cuando el Padre Dios dio las leyes a Moisés le habló de cómo deberían comportarse al entrar en la Tierra Prometida, donde vivían culturas diferentes a la de ellos; idólatras, porque toda la humanidad lo era, excepto los recién conquistados por el Padre, los hebreos. Le dijo así: "Cuando YHVH tu Dios haya destruido delante de ti las naciones adonde tú vas para poseerlas, y las heredes, y habites en su tierra, guárdate que no tropieces yendo en pos de ellas, después que sean destruidas delante de ti; no preguntes acerca de sus dioses, diciendo: De la manera que servían aquellas naciones a sus dioses, yo también les serviré. No harás así a YHVH tu Dios; porque toda cosa abominable que YHVH aborrece, hicieron ellos a sus dioses; pues aún a sus hijos y a sus hijas quemaban en el fuego a sus dioses" (Deut. 12,29-31). Fue YHVH, el Padre, quien educando al pueblo hebreo logró que nosotros hoy no estemos sacrificando nuestros hijos a las divinidades.

 

 

 

 

 

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