JUSTIFICACIÓN

 

 

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Los laicos sabemos poco de Sacramentos, pero somos sus usuarios permanentes. Recitamos algunas frases del catecismo infantil, pero poco o nada es lo que nos adentramos a ellos. Los tenemos ligados al pecado mortal y por consiguiente al supuesto infierno eterno (ver mi Quinta Carta para aclarar lo que se refiere al infierno). ¿Cómo? ¿Recuerdas cuando el no bautizado se iba para el limbo en caso de morir? Esto lo saben algunos niños de colegios chilenos a quienes todavía les enseñan cosas que ni siquiera aparecen en el Catecismo Católico. ¿Qué le sucede al que comulgue sin confesarse y en pecado mortal? ¿Y al que no vaya a Misa los domingos o Fiestas de Guardar? ¿Y a la pareja que no eleva a la categoría de Sacramento su unión? ¿Y los que hacen todo esto, en caso de que mueran antes de confesarse, es decir en pecado mortal (ver mi Segunda Carta donde hablo sobre el pecado mortal), será que les sucederá lo que nos han enseñado en el Catecismo Católico en el numeral 1035?: "Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, el fuego eterno" (ver mi Primera Carta). En fin, casi todos los Sacramentos nos conducen a castigos inimaginables en caso de no hacer uso de ellos como lo manda la Iglesia Católica. Pero nada o casi nada sabemos de Ellos.

Esta Novena Carta, no es un estudio teológico sobre los Sacramentos. En esta Carta quiero dar respuesta a una pregunta muy simple que me hicieron muchos alumnos en los cursos de Sagrada Escritura que siguieron conmigo.

"¿Quiénes y cuándo "inventaron" los Sacramentos?" Esta pregunta siempre me causaba mucho dolor. Era un bautizado, confesaba sus pecados y participaba comulgando en la Eucaristía. Estaba confirmado y quizás alguno de ellos ya tenía hijos en su matrimonio sacramental. A muchos de ellos, me consta, les habían aplicado varias veces el Sacramento de Unción de los Enfermos. Su fe es por tradición y no por relación. Creen en Dios, pero no creen a Dios. Millones y millones de católicos que creen que no se pueden relacionar directamente con el Señor, que necesitan a alguien para hacerlo; que desconocen cómo los sacramentos han brotado de las entrañas de nuestra más remota naturaleza humana, y por eso se atreven a despreciarlos o a considerarlos inútiles, a irrespetarlos y menospreciarlos.

Esta Carta es un estudio Bíblico sobre el origen de los Sacramentos. Le pido al Señor que después de leerla y estudiarla, muchos de ustedes inicien o recuperen la Vida Sacramental. Vida Sacramental que pondrá el Sello Divino a la relación que se tiene con Jesús. Y para relacionarse con Jesús, es más fácil todavía: ahí está, esperándote para ayudarte y liberarte. Es un diálogo sincero sobre tu necesidad el que te traerá respuesta de El: "Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo" (Jn. 16, 24).

Para llegar al origen de nuestros siete Sacramentos en la Iglesia Católica, remontémonos en el tiempo y observemos al hombre desde sus comienzos. Encontraremos que el ser humano, inclusive desde los animales anteriores, siempre ha sido un ser de Sacramentos. ¿Cómo es esto? Porque Sacramento, por definición, "es el signo visible de una realidad invisible". Tenemos que hablar, entonces, de lo que es el signo, para entender claramente.

El signo se encarga de revelar, de mostrar algo que no se está viendo pero que ahí está. Nos hace discernir, porque nos obliga a pasar de lo que vemos a lo que representa. El hombre de las cavernas veía las huellas del dinosaurio, pero no lo veía a él. Estas huellas son el significante y no significan nada si se desconoce el concepto, o sea el significado. Si alguien no sabe que existen los dinosaurios estas huellas lo único que harán será motivar su imaginación. De esta manera, convertirá lo objetivo en subjetivo y se quedará sin el significado que corresponde a este significante. Habrá hecho de una mentira, una verdad porque su imaginación le hará trasladar una realidad interior, al exterior, trastocando así la realidad objetiva o sea el acontecimiento real (ver mi Primera Carta).

El signo es el más antiguo y elemental método natural de comunicación de una realidad. Una nube negra señala lluvia. Un primer resplandor después de la noche oscura señala que viene el día. La presencia de la corvina señala la ausencia del tiburón. Unas bocanadas de humo sobre una montaña señalan la posible erupción de un volcán o indígenas comunicándose. Los tambores de la selva señalan convocación a reunión. Pájaros que gritan en la noche, son señal de que viene el lobo. Vegetación flotando en el mar señala al náufrago que se aproxima a tierra. Una sonrisa, un abrazo, un beso. Signos por todas partes que nos están diciendo más cosas de las que puede enseñarnos la sintáctica, que es el lenguaje hablado o escrito que trata de aclararnos el misterio que encierra el signo.

El signo indica clara y rápidamente la situación, es señal de que hay algo más. Y esto es cada Sacramento, un signo, una señal de "algo más" y ese algo más no es sólo "alguien más", también es una historia humana. Un pueblo, hombres y mujeres luchando para que triunfe el Bien y el Autor de todo el Bien durante miles de años de caminar.

Estas cartas las distribuimos gratuitamente en las calles, plazas, supermercados, hospitales, cárceles, etc. Están editadas con un gran esfuerzo económico de una agrupación de mujeres chilenas y colombianas católicas que anhelamos y luchamos por el bien común. Este bien común que buscamos, lo hemos encaminado a formar conciencia sobre Quién es el Señor, cómo actúa El, qué ofrece El y todo esto, desde la interpretación más ancestral de la Sagrada Escritura. Ya le hemos entregado a la comunidad 9 cartas con esta. Hemos recibido muchísimos mensajes de gratitud, esperanza y ánimo a seguir continuando esta difícil pero honrosa misión de propagar la Palabra de Dios para el bien de la comunidad.

Esta obra, desde la comunidad y para la comunidad nos ha generado mucha persecución. Persecución que la hemos vivido pacientemente. Nos anima más el hecho de que el Papa Juan Pablo II esté clamando insistentemente por una renovación de nuestra Iglesia Católica, en la que nosotras nos sentimos activas participantes.

Estamos convencidas de que el bien social sólo se logra si hay un cambio de conciencia frente a los valores del mundo. Que el mentiroso deje de mentir, el ladrón de robar, el engañador de engañar, el codicioso de estafar, etc. Esto se logra solamente si la sociedad se adhiere al Señor ya que la historia ha demostrado que la buena voluntad de los gobernantes y dirigentes religiosos no logra cambiar el corazón y las acciones del hombre. Sólo el contacto permanente con Jesús y Su Palabra lograrán cambiar los valores destructores por los valores que impulsarán el bien y el desarrollo humano para todos: "Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza" (Gal. 5,22-23a).

Muchas gracias.

Pentecostés de 2001, Valdivia, Chile.
Gracias a la comunidad de mujeres chilenas y colombianas por su compromiso con la
Palabra
de Dios.

Sabina Vélez Hurtado

 

 

 

 

 

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