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Mateo
7, 24-27: "Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace,
le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca.
Descendió la lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra
aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera
que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato,
que edificó su casa sobre la arena; y descendió la lluvia, y vinieron ríos, y
soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue
grande su ruina". Dejarse conducir por la Palabra de Dios es
dejarse conducir por Jesús, y, por eso, por difíciles que sean los momentos,
no caerá nuestro ánimo, ni nuestro sentido de la vida sufrirá menoscabo.
Permaneceremos siempre de pie, porque el fundamento de nuestra vida es
Jesucristo, es Su Palabra y Ella nos mantendrá de pie.
1Ped.
2,8: Jesús es "Piedra de tropiezo y roca que hace caer, porque
tropiezan en la Palabra,
siendo desobedientes...". La Palabra me desnuda y cuando no me dejo decir mi
realidad por Ella, tropiezo y caigo. Cuando la Palabra nos acusa, nos
da rabia, desaliento, nos defendemos, por eso es tropiezo para todo aquello
que hacemos, pensamos y sentimos, que no es del Reino de Dios. Por eso la Palabra de los profetas
era tan fuerte, ellos tenían como misión denunciar lo que no era de Dios y a
los que se desviaban del Camino del Señor.
Heb.
4,2b: "...No les aprovechó la Palabra, por no ir acompañada de fe en los que
la oyeron". Fe significa dejarse penetrar (ver mi
primera carta) y el que no se deja penetrar por Jesús, tendrá sólo un
contacto intelectual con la
Palabra de Dios, y "no aprovecha la Palabra".
Heb.
11,3: "Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la Palabra de Dios, de modo
que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía". La Palabra de Dios es
creadora. El contacto con ella va creando en nosotros el hombre nuevo a
imagen Divina.
2Cor.3,14-15:
"Pero el entendimiento de ellos se embotó; porque hasta el día de
hoy, cuando leen el libro de la Antigua Alianza, les queda el mismo velo no
descubierto, el cual por Cristo es quitado. Y aún hasta el día de hoy, cuando
se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos. Pero cuando
se conviertan al Señor, el velo se quitará". Sin Jesús es IMPOSIBLE
ENTENDER la
Sagrada Escritura, porque Ella es El.
1Jn.2,7:
"Hermanos, no os escribo mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo
que habéis tenido desde el principio; este mandamiento antiguo es la Palabra que habéis oído
desde el principio". La Palabra es
mandamiento desde la antigüedad, desde que estaban atravesando el desierto después
de salir de Egipto, año 1650 antes de Cristo aproximadamente:
"...No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda
palabra que sale de la boca de Dios vivirá el hombre" (Dt. 8,
3b).
Mt.
15,6:"...Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra
tradición". Los judíos habían reemplazado la Palabra de Dios por sus
doctrinas tradicionales y humanas. Esto a Jesús no le gustó. No podemos reemplazar la Sagrada Escritura
con ninguna otra espiritualidad.
Mc.
8,38: "Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta
generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de
él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles".
En general al católico no le gusta que lo vean con LA BIBLIA,
conozco a muchos que la esconden, se avergüenzan de Ella y hacerlo es
avergonzarse del mismo Jesucristo. Y, por supuesto, que esto daña la relación
con Jesús.
Jn.
5,24: "De cierto, de cierto os digo: El que oye mi Palabra, y cree al
que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de
muerte a vida". La condenación consistía en la pena
que los jueces aplicaban a quien infringiera la ley de Moisés (Ex. 22,9; Dt. 25,1). El que oye la Palabra de Jesús y se
entrega a El, ya no estará sometido al juicio de los jueces de la Antigua alianza, por lo
tanto se termina la condenación porque pertenecía a la Antigua Alianza.
En la Nueva Alianza
es diferente (ver mi segunda carta): pasa de la pena de muerte por infringir
la ley de la Antigua
Alianza (Nm. 35,31; Dt.19,6), a la Vida de la Nueva Alianza que
es la convivencia con Jesús.
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