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Entremos
pues, con estas llaves a escudriñar el capítulo 16, transcrito anteriormente.
No voy a entrar en una exégesis minuciosa, para no alargarme más, lo
interpretaré de manera general.
Aquí
en este capítulo, hace San Juan un paralelo con las llamadas "plagas de
Egipto". Es una forma de anunciarles herméticamente
a las comunidades cristianas, que el Señor se encargará de los "egipcios
modernos", en esos momentos los romanos y los judíos que los persiguen.
Las manifestaciones de YHVH en Egipto, por medio de Aarón y Moisés, sucederán
también con estos imperios perseguidores. Las plagas caerán sobre ellos. De
esta manera no sólo desparecerán los enemigos, sino que se separarán de ellos
y empezará un nuevo caminar para la nueva Iglesia. Así como salieron de
Egipto, también saldrán del poderío romano y judío. Serán separados de la
idolatría romana y de la idolatría judía, pues al no recibir al Mesías, en
ese momento se convierten en idólatras de las antiguas leyes.
Las
7 copas de la ira de Dios no se refiere propiamente a que Dios está
enfurecido y tomará venganza. Se refiere a las consecuencias de no recibirlo.
La ira de Dios es la consecuencia del pecado. Pecado en hebreo es salirse del
camino. El que se sale del camino, en los desiertos que tienen que transitar
para ir de un lado a otro, se pierde y el que se pierde, porque se salió del
camino, muere. Muere de sed, de insolación, de angustia o devorado por las
bestias. Eso le pasa al que se pierde en el desierto. Por eso pecar es
mortal. Porque pecar y morir es la misma cosa. Jesús es la Vida: "Jesús le dijo:
Yo soy el Camino, y la Verdad,
y la Vida;
nadie viene al Padre, sino por mí" (Jn. 14,6), y el que no recibe la
vida, por la razón que sea, está muerto. Lo que nos sucede cuando decidimos
quedarnos en el reino de las tinieblas o de la idolatría.
La primera copa o ira es una úlcera maligna y pestilente sobre los
hombres que tenían la marca de la bestia y que adoraban su imagen: éstas son
las consecuencias en aquellos que al adorar la bestia, el emperador, no
recibían de ese dios sino frustración y engaño que les producían heridas en
el alma.
La segunda copa o plaga se derrama sobre el mar que se
convierte en sangre y todos los seres vivos mueren. Dice aquí el apóstol que
el mal, representado por el imperio romano y todos los que le pertenecen,
terminarán por desaparecer.
La tercera copa o plaga se derrama sobre los ríos y las aguas y
se convierten en sangre. Los seguidores del emperador, donde esperan
encontrar vida, encuentran la muerte. Lo mismo para los judíos, que ya no
reciben vida por medio de sus obsoletas y caducas leyes y sacrificios. Lo que
antes daba vida, ahora produce muerte. Y lo que ellos le hicieron a los
cristianos, les pasaría también a ellos, no como venganza directa de Dios,
sino como consecuencia de sus propios actos.
La cuarta plaga o copa se derramó sobre
el sol y quemó a los hombres con fuego, quienes blasfemaron contra Dios y no
se arrepintieron. Dios se les manifiesta personalmente, pero no se
arrepienten.
La quinta copa es derramada sobre el trono de la bestia y su
reino se cubrió de tinieblas y mordían de dolor sus lenguas. Desaparece el
reinado del ídolo, sus enseñanzas no tienen oído entre los cristianos y se
acrecientan sus blasfemias contra Jesús y los primeros cristianos.
La sexta copa se derramó sobre el río Eufrates y el agua de
éste se secó para que pasaran los reyes del oriente. Está recordando la
derrota de Babilonia, de Nabucodonosor en manos de Ciro el Persa. De esta
manera les recuerda que Dios está con ellos, y que después de este
acontecimiento, nació Jesús; se los recuerda contando que pasarían los reyes
de oriente, porque fueron los reyes los que llegaron a adorarlo. Así les dice
que no se desanimen, que Jesús está con ellos, que el Padre está presente,
antes, después, hoy y siempre, que por medio del nacimiento de Jesus, de su
Hijo, se está haciendo presente en medio de nosotros. Este Eufrates seco, es
también el mar Rojo que se seca, es el Jordán que se seca, para que su Pueblo
pueda seguir el Camino.
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