SÉPTIMA CARTA

 

 

 

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El reclamo a los sacerdotes no es nuevo. No empezó con las apariciones de María, ni mucho menos por mí. El reclamo de parte del Señor a su pueblo sacerdotal es milenario, empieza con la historia de la salvación. A ellos, desde el inicio de la relación de Dios con la humanidad, que empezó con Abram hace cuatro mil años, les dio una misión; y a esa misión muchas veces han fallado durante estos cuatro mil años del caminar del Señor entre y con nosotros.

¿Cuál es la misión de un sacerdote o presbítero? Miremos primero la etimología. Sacerdote tiene que ver con "principio", con "comienzo", con "santuario". El sacerdote es, pues, el primero en el Santuario. Luego se los llamó presbíteros que quiere decir los más viejos, los mayores, los guías, los conductores. La reunión de los sacerdotes o de los presbíteros se llama sanedrín, presbiterio o concilio. Estos conductores tienen exigencias muy altas que, cuando se las lleva hasta su entero cumplimiento, comprometen la vida tal como lo significó para Jesús, sus apóstoles y todos los que durante la historia han seguido el Camino de Jesús hasta sus últimas consecuencias. El sacerdote es el primero en el Santuario, en el templo, es el guardián de Jesús Sacramentado, es el que acoge en el nombre del Padre, en el nombre del Hijo y en el nombre del Espíritu Santo a los hijos de Dios en la Casa del Señor. Es el que preside las celebraciones entre el Pueblo y el Señor, y quien oficia el sacrificio en cada una de estas celebraciones. Tiene nada menos que la misión de conmemorar el sacrificio de Jesús por la humanidad entera en cada Eucaristía. Tiene el privilegio, en cada Eucaristía, de "abrir" la puerta a ESA Eucaristía Universal y Eterna, que no se ha dejado de celebrar ni un sólo instante, desde que Jesús celebró en Jerusalén en el Cenáculo, la Pascua con sus discípulos, probablemente en el año 37 de nuestra era. Cuando el sacerdote empieza el culto, y a conmemorar el sacrificio del Cordero Jesús, abre las puertas de la Pascua Eterna, de la que se empezó a celebrar con los discípulos la misma noche en que prendieron a Jesús. La misma que inició su Pasión. La misma celebración donde El cambió el vino por Su Sangre y el pan por Su Carne, para que nos sentemos a la Mesa del Banquete de la Nueva Alianza con Jesús, María, Pedro, Pablo, Teresa, Francisco, etc., y también con mi padre José, mi amigo Carlos Felipe y Jorge que se durmió ayer. El sacerdote tiene como Misión Sagrada y Divina adentrarnos, por medio de cada Eucaristía, en el Banquete de Celebración de la Alianza Nueva y Eterna, con Banquete Eterno, Cordero Eterno, Sacrificio Eterno: "Y así dispuestas estas cosas, en la primera parte del tabernáculo entran los sacerdotes continuamente para cumplir los oficios del culto" (Heb. 9,6; Nm. 18, 2-6).

La segunda misión del sacerdote es ponerme en contacto con la Palabra, que es el mismo Jesucristo: "Y les dijo: id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura" (Mc. 16,15). Estas dos sagradas misiones tienen que tener como fruto una humanidad que se ame, que se ayude, que defienda la vida, que arriesgue su vida por el otro, que comparta, que conviva, que conforme comunidades de Alianza, que son el objetivo final de la misión de Jesús: "Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común" (Hech. 4,32). "Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú oh Padre, en mí, y yo en tí , que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste" (Jn. 17,20-21). Estas dos misiones fundamentales de los sacerdotes, deben tener como fruto una humanidad que viva y proclame la Verdad, que viva y proclame a Jesucristo, que viva los Sacramentos, la Oración y la Palabra. Los frutos del sacerdocio deben ser una humanidad misionera, amante, amable. Sí, porque la misión del sacerdote es el mismo Jesucristo, ES SERVIR DE PUENTE PARA QUE TODOS PASEMOS A ABRAZARNOS EN Y CON EL AMOR DE JESUCRISTO: "Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid , vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer... En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos... No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé" (Jn. 15,4-5.8.16). "Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos" (Mt. 7,16-17).

 

 

 

 

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