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Una
tarde, sentada frente al mar mirando el horizonte, entendí que si María no
hubiera perdonado, la misión de Jesús, Su sacrificio, el plan del Padre, y
todo se habría terminado. Si María se hubiera ido para su casa resentida y
amargada, habría quedado separada, mutada, sirviendo sólo para el basural de la Gehenna, y no habría
recogido a los apóstoles en torno a ella. Tampoco los habría animado y
alentado a perdonar y a continuar en la lucha, sino que los habría envenenado
y amargado más con su resentimiento. No debe ser fácil perdonar el asesinato
de un hijo, y, mucho menos, el hijo que era y en la forma que lo asesinaron.
Sin embargo, ella perdonó, lo logró, y la obra del Padre y del Hijo pudo
continuar a partir de ella, con ella y por medio de ella. Por eso pudo venir
el Espíritu Santo sobre ellos, porque habían perdonado. "Entonces se
volvieron a Jerusalén desde el Monte llamado de los Olivos, que dista poco de
Jerusalén, el espacio de un camino sabático. Y cuando llegaron subieron a la
estancia superior, donde vivían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y
Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelote y Judas de
Santiago. Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en
compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos".
Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos unánimes, juntos, reunidos
en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga
de viento impetuoso que llenó toda la casa en que se encontraban. Se les
aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y que se posaron
sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se
pusieron a hablar en otras lenguas" (Hch. 1, 12-14. 2, 1-4).
Así
como la Salvación
(que en el lenguaje bíblico se puede llamar justificación, redención,
remisión, compra, etc. ) de la humanidad está anclada en el perdón, en la
reconciliación de ella con el Padre, asimismo nuestra Iglesia está cimentada
en el perdón de esta Madre. María, como Señora de Dios, supo conservar viva
en ella la obra de su Hijo y del Padre de su Hijo. Esta fuerza femenina fue
la que le dio el poder inicial a nuestra Iglesia, y fue ella la que supo
reunir en torno a sí misma a todos los apóstoles. Fue ella la que con toda la
entereza del corazón de madre adolorida, supo, por medio del perdón, ponerse
en pie para evitar que el odio y el rencor hicieran sucumbir la obra de su
Hijo y de su Padre. Sin María y su perdón, la Iglesia no habría tenido
vida. Este "útero" de María es el gestador de la Iglesia de su Hijo, por la
cual ella sigue hoy luchando. Luchando está la Madre para que le
devuelvan a su Hijo la autoría de la redención. Luchando está para que no la
llamen más salvadora, porque el que se prende de ella como salvadora, no
podrá experimentar la salvación que es solamente en su Hijo (1 Tim. 2,5).
Impaciente está María de que nuestra Iglesia transite los caminos del perdón,
para poder gestar en ella de nuevo las comunidades de Alianza de los primeros
cristianos, que sucumbieron bajo la influencia de Constantino.
MARIA,
MADRE: GRACIAS POR ESTAR AYUDÁNDONOS EN ESTA LUCHA PARA QUE RESPLANDEZCA LA VERDAD DE TU HIJO.
INTERCEDE POR NOSOTRAS, MUJERES TAMBIEN, PARA QUE CON NUESTRA FUERZA MATERNAL
Y DEL PERDON, LOGREMOS GANAR LA
BATALLA, COMO LA GANASTE TU, Y QUE VUELVA A VIVIR LA IGLESIA QUE SE FUNDO
EN TU SENO CON TU HIJO JESUS, COMO CABEZA Y PIEDRA ANGULAR DE ELLA..
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