¿A QUIENES TENEMOS QUE PERDONAR?

 

 

 

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Perdonar a Dios

Tenemos que empezar mirando muy claramente, y con toda sinceridad, nuestra relación con Dios. Nosotros traemos inscrito en nuestros ser, en nuestra genética, información sobre Dios nuestros genes nos dice en y el es bueno, que es padre, que no le hace mal a nadie. Luego viene de educación religiosa: que Dios castiga, que nos vigila, que nos va a mandar para el infierno, que nos manda pruebas y dolores, que "permite" que pasen cosas malas para nosotros, que tenemos que hacer un mundo de cosas y dejar de hacer otras. Que tenemos que cumplir con reglas que no entendemos, etc.. Nuestra vida está cargada de malos sentimientos hacia Dios. Al niño que le dijeron que el papa se murió porque Dios se lo llevó para el cielo,¿Cómo ha a poder desarrollar amor hacia Dios, si lo que tiene hacia el es miedo, rabia y resentimiento? ¿Cómo va a recibir amor del que le hace daño? YAasí como éste, está llena nuestra vida de episodios que no nos dejan desarrollar en nuestro ser la relación con Dios, que es la clave y la base de la verdadera felicidad.

San Pablo nos suplica que nos reconciliamos con Dios. Lo hacen porque sabe lo urgente que es para cada uno de nosotros una relación sana, libre y permanente con Dios, no objeto de culto, sino como relación de persona a persona: El, la persona Divina, y nosotros, la persona humana: "somos pues embajadores de Cristo, como si Dios exhortar a por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡Reconciliados con Dios!" (2Cor. 5,20). Esta petición, urgente y suplicante, no podemos pasarlo por alto. Dios es nuestro origen, nuestro fin, es quien está permanentemente inserto en nuestra historia y participando en ella. El es la fuente de todos los bienes que necesitamos para cumplir nuestro peregrinaje. El es la fuente del amor, no hay otra. De manera que tenemos que asumir responsablemente nuestra relación con El, observando nuestro corazón y verificando que no estén agazapados en él sentimientos en contra de Dios. Y al encontrarlos, tenemos que decirle, con nuestros propios labios, que lo perdonamos. ¿Cuántas personas se quedaron atadas para siempre a situaciones dolorosas del pasado? ¿Cuántos hay que no han podido superar la pérdida de un ser querido, una traición o una ofensa, y que se las han adjudicado a Dios? Por eso tenemos que hacer también con Dios, todo el proceso del perdón que he indicado antes y confesarlo en el Sacramento de la Reconciliación. Propongo hacerlo así: "Padre y Señor mío, yo me reconcilió contigo porque te he declarado culpable de... (aquí le decimos aquello de lo cual lo declaramos culpable); renuncio a todas las imágenes falsas que tengo de ti, perdono a todos aquellos que me las enseñaron, y te acepto como mi Padre y mi Señor, y me abro a ser tu hijo y a recuperar todo mi ser, y renacer en tu pecho de Padre, que siempre está, que siempre me ama y que nunca muere".

Perdonar a los demás

También tenemos que reconciliarnos con los demás, y, de entre ellos, por sobre todo, con nuestra madre y nuestro padre. Como dije al principio, las heridas que ellos han provocado en nuestro ser (no me refiero aquí a que si son culpables o no) han determinado nuestra personalidad, nuestro carácter, nuestra identidad, y en nuestro ser hay acumulados muchos sentimientos dolorosos contra ellos que esperan la primera oportunidad para salir. Por eso el perdón a ellos es urgente. ¿Cómo hacerlo? Así:

1- Señor, dame el poder de tu espíritu para perdonara mi papá, porque yo he tomado la decisión de perdonarlo.
2- Señor, con tu gracia, yo perdono a mi papá por... (aquí enumeramos aquellos rencores que tengamos contra él). Y terminamos diciéndole al Padre que el nos de lo que nos faltó, bien sea de nuestro padre o de nuestra madre. Esto lo tenemos que verbalizar ojalá ante el Santísimo y llevarlo al Sacramento de la Reconciliación, para que el sacerdote vierta sobre nuestro Cordero todo lo que guardamos en nuestro corazón contra nuestro padre, madre, hermanos, familiares, y todas las personas hasta "setenta veces siete".

Perdón a nosotros mismos

La otra persona con la cual nos tenemos que reconciliar es con nosotros mismos. San Pablo también lo pide encarecidamente: "Aunque a mí lo que menos me importa es ser juzgado por vosotros o por un tribunal humano. ¡Ni siquiera me juzgo a mi mismo! Cierto que mi consciencia nada me reprocha; mas no por eso quedo justificado. Mi juez es el Señor".(1Cor.4,3-4). San Pablo nos está enseñando que tampoco tenemos que juzgarnos a nosotros mismos, y lo contrario de juzgarnos, es perdonarnos. Con nosotros mismos tenemos que seguir también todo el procedimiento anterior y nuestros sacerdotes deben estar preparados para que les confesemos el odio, el rechazo y el rencor que muchas veces nos tenemos a nosotros mismos. ¿Se han dado cuenta de la cantidad de personas que no les gusta su color de pelo, su conformación de nariz, las arrugas de la edad, sus dientes, etc, y que se reprochan por ello? ¿De qué nos tenemos que perdonar? De todo lo que tengo y soy, y no me gusta. De todo lo que he hecho y ha deteriorado mi auto-imagen, y que hoy me reprocho con adjetivos que no se los diría a nadie. He oído a muchísimos decirse: soy tonto, soy tarado, soy estúpido, etc., autoagresiones que no se las diríamos a nadie, oigo a muchos decirse a sí mismos.

La reconciliación consigo mismo hace que desaparezca la envidia de nuestro corazón y nos aceptemos a nosotros mismos tal como somos. Reconciliarse consigo mismo es dejar de mirar con tristeza los bienes intelectuales, espirituales o materiales de los demás y empezar a desarrollar los propios. Desapareciendo la envidia por medio de la reconciliación consigo mismo, todo marcha más fácil y desaparecerán también todas las conductas que emanan de ella: los celos, las contiendas, las calumnias, las competencias infructuosas, los engaños, y por último, el asesinato y la muerte de quien consideramos superior a nosotros.

El resentimiento y rechazo a nosotros mismos es una fuente de amargura permanente. No puedo vivir con el que rechazo y, si esta división se da por dentro de uno mismo, los frutos de ella para la familia la sociedad son los que estamos viviendo en estos últimos meses de este deteriorado siglo.

Padre Amado: con el poder que me ha tu Espíritu para perdonar y con el poder de la Sangre de Tu Hijo, yo me perdono por todas aquellas características mías que no me gustan. Me acepto tal cual soy y también de perdono por todos los errores, daños, pecados y debilidades mías. Hazme crecer con Tu Espíritu para llegar a la altura y desarrollo de todo mi ser, que es llegar a tener Tu Estatura: "Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor" (Ef. 4,13-1116). O sea, las comunidades de alianza en las cuales se viva, se desarrolle y se crezca en este amor (ver mi Segunda Carta).

Tenemos, pues, que reconciliarnos con Dios, con los otros y con nosotros mismos en primera instancia. Luego, cuando la vida nueva llegue a nuestro corazón en toda su plenitud, también tenemos que reconciliarnos con toda la creación, con todos los seres vivos. Tenemos que quedar liberados de los prejuicios sociales, políticos, religiosos, raciales que nos atan, y convertirnos en seres libres, por medio de los cuales el Señor pueda manifestar Su Amor y Su Voluntad a quienes lo necesiten.

 

 

 

 

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