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¿A QUIÉNES TENEMOS QUE PERDONAR?
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Cuando
se habla de que tenemos que perdonar, todos nosotros nos apresuramos a
demostrar que no tenemos a quien perdonar, que no guardamos rencor, que no
tenemos resentimiento. Este argumento es una verdadera estrategia satánica
para que permanezcan en nuestro corazón el odio y el resentimiento, que
evitan que anide en él el amor que el Padre necesita. Todos estamos heridos.
Algunos más que otros y con heridas más grandes que otras. Las heridas y
resentimientos empiezan desde el vientre materno y continúan, sobre todo
durante la primera y segunda infancia. Podemos estar heridos desde el momento
mismo de nuestra concepción, si en ella ha habido violencia, desamor o
cualquier otra realidad que puede dañar el ser. Luego no servimos en la
convivencia con nuestros hermanos, cuando hay unos más fuertes y violentos
que otros, cuando nuestros padres tienen preferencias, cuando no nos dan el
amor que necesitamos, etc. En el colegio se aumentan. Los castigos injustos,
los profesores estrictos, las agresiones de ellos, los compañeros crueles. La
época del colegio está llena de oportunidades para herirnos y dañarnos, y
llenarnos de odios y resentimientos. La adolescencia también es época de
muchas heridas. Al ingresar al ambiente social, la competencia, los rechazos,
los amores frustrados, las primeras experiencias sexuales, los conflictos con
los padres, etc. son circunstancias en que somos heridos. En el matrimonio o
en la vida religiosa, también nos van llegando heridas que alejan cada vez
más nuestro corazón del amor. No
podemos decir tan liviana y deportivamente que no tenemos resentimientos, ni
a quién perdonar la clave máxima de estos celada Jesús a Pedro: "Pedro
se acercó entonces y le dijo: señor, ¿Cuántas veces tengo que perdonar las
ofensas que me hagan hermano? ¿Hasta siete veces? Dice |
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