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Caín
y Abel, que tampoco fueron personas sino símbolos, nos muestran claramente lo
que estamos comentando. Caín era agricultor; Abel, pastor. Este ofrendó a
YHVH "Lo más gordo de los primogénitos de sus ovejas" (Gn.
4, 4). "Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín"
(Heb. 11, 4). Seguramente Caín ofreció a YHVH frutas de mala calidad, razón
por la cual "No miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya" (Gn.
4, 5). Mientras que "YHVH miró con
agrado a Abel y a su ofrenda" (Gn. 4, 4). Y aquí empieza a funcionar
la ley de la muerte: "Se ensañó Caín en gran manera, y decayó su
semblante. Y dijo Caín a su hermano Abel: salgamos al campo. Y aconteció que
estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel y lo
mató" (Gn. 4, 8). Caín es incapaz de reconocer su error al no
ofrecer a YHVH frutas frescas y suculentas, y busca una víctima, un
"chivo expiatorio", alguien en quien vengar el que YHVH no lo haya
mirado bien por su mala acción contra YHVH. Y ahí está Abel sirviendo de
víctima, pagando las consecuencias de los actos de su hermano y su
inconsciencia en reconocerlas. La frustración y la rabia que le produce el no
ser el predilecto de YHVH lo lleva a tomar venganza en su hermano. Venganza
que no se calma sino con la muerte de su hermano. Ahí
está la ley de muerte de la que habla San Pablo en el texto de Romanos 8,1
con el cual partimos. Es ley de frustración, de rabia, de ausencia de
autocrítica, de deseos de venganza, ley del pecado y de la muerte; de no
descansar interiormente hasta lograr la venganza. Y cómo será de fuerte esta
ley natural de tomar venganza, que hay una ley contra ella. Veamos: "...No
demandes contra la vida de tu prójimo. Yo YHVH. No odies en tu corazón a tu
hermano, pero corrige a tu prójimo, para que no te hagas cómplice de su
pecado. No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo.
Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, YHVH" (Lv. 19, 16b. 18).
Esta ley natural de venganza fue la que cobró la vida de Abel, y por eso en
el libro del Eclesiástico hay una advertencia fuerte en cuanto a la relación
con la persona colérica: "Con el colérico no entres en pelea, ni te
adentres con él en el desierto, porque a sus ojos nada es la sangre, y donde
no haya quien te auxilie, se echará sobre ti" (Eclo. 8, 16). Esto
fue lo que le pasó a Abel. Y todos sabemos que cuando le queremos hacer daño
a alguien, se lo hacemos en secreto, cuando está solo. Sí, así somos. Esta
ley natural es de desconocimiento total del perdón, de desconocimiento total
del reconocimiento de las debilidades, errores y carencias propias, y por eso
busca una víctima, un "chivo expiatorio" sobre el cual hacer caer
todo el peso del odio y del rencor que le pertenece a otro o a sí mismo. La
ley natural de la búsqueda de "chivo expiatorio", para que pague
por todos aquellos que nos han hecho daño, es mucho más fuerte que la ley
natural de la hermandad y de la vida: "Y YHVH dijo a Caín: ¿Dónde
está Abel tu hermano? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi
hermano?" (Gn. 4, 9). Queda
muy claro en este episodio, que la ley de la muerte ha sido más fuerte que la
de la vida. Es ley natural que el hermano sea guarda del hermano. Que lo
cuide, que lo acompañe, que le ayude, que vele por su seguridad. Pero la ley
de muerte ha roto en Caín esta ley de vida natural, para darle paso a la ley
de venganza, que se generó cuando él mismo no pudo ser el predilecto de YHVH
por haberle ofrecido frutos descompuestos. La predilección de YHVH por su
hermano Abel despertó la envidia en Caín, envidia que le abrió las puertas a
la venganza, y de ahí al asesinato de su hermano hubo sólo un paso. Caín no
tuvo conciencia de su acción. Necesitó a su hermano como "chivo
expiatorio" para calmar la rabia contra sí mismo, por lo que él mismo
hacía mal. El
episodio de José y sus hermanos, que sí fueron personajes reales de carne y
hueso, es otro ejemplo doloroso de la ley de muerte. José, hijo de Jacob y de
su amada Raquel, era su hijo predilecto, esto hizo que sus hermanos le
tuvieran envidia hasta el punto de "no poder ni siquiera
saludarle" y "conspiraron contra él para matarle" y
"vendieron a José a los ismaelitas por 20 piezas de plata y se llevaron
a José a Egipto" (Gn. 37, 3-4.11.18.28). Allí José se instaló y
progresó hasta llegar a ser primer ministro del faraón (Gn. 41, 42-43). Con
el correr del tiempo, sus hermanos acudieron a Egipto por trigo, José lo
administraba, y cuando los vio, "los reconoció, pero él no se dio a
conocer y los trató con dureza" (Gn. 42, 7). Este largo y doloroso
pasaje de José no culminó tan fácil. Necesitaba vengarse, tener un chivo
expiatorio, alguien que pagase todo lo que le habían hecho sus hermanos y lo
que había sufrido. Así fue como tomó preso a Simeón, mientras traían a su
hermano Benjamín. "Y al tercer día les dijo José: Haced esto, y
vivid: Yo temo a Dios. Si sois hombres honrados, quede preso en la
casa de vuestra cárcel uno de vuestros hermanos, y vosotros id y llevad el
alimento para el hambre de vuestra casa" (Gn. 42, 18-20). José
lloraba su dolor y sus hermanos no entendían (Gn. 42, 7. 23-24). Una vez
traído Benjamín como rehén, José "se echó a llorar a gritos... y
echándose al cuello de su hermano Benjamín, lloró. Luego besó a todos sus
hermanos llorando sobre ellos" (Gn. 45,1-2.14-15). Logró perdonar a
sus hermanos y, así, salir de los sentimientos bajos que tenía y reanudar la
relación con su familia. Es
una realidad muy dolorosa que la "ley de la muerte" esté
conformada por todos aquellos sentimientos bajos que atacan el amor, que no
lo deja realizarse: "odios, discordias, celos, iras, rencillas,
divisiones, disensiones, envidias, contiendas, competencias, malignidad,
engañó, chismes, detracción, deseos de venganza, rebeldía, insensatez,
deslealtad, crueldad, sadismo, injusticia, violencia, impiedad" (Ro.
1, 29; Gal. 5, 19-21). Y todos estos bajos sentimientos están favorecidos por
la incapacidad de reconocerlos, por la incapacidad de perdonar y de pedir
perdón. |
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