SEXTA CARTA

 

 

 

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¿Qué sería del amor sin el perdón? ¿Sin esa misteriosa actitud que hace a alguien donarse por entero, volver a confiar y a entregarse, después de haber sufrido agresiones y humillaciones, traiciones y violencias inmerecidas, sólo para que otro descargue sus sentimientos bajos, sus sentimientos del reino de las tinieblas? ¿Qué sería del amor sin el perdón si después de cada agresión contra el amor, éste muriera? ¿Cómo sería el mundo si nadie perdonara? Por eso etimológicamente PERDONAR SIGNIFICA DAR AL MAXIMO, DAR POR ENTERO. Porque volver a darse, a confiar, a restablecer una relación después de ser herido, maltratado, humillado y traicionado, es el máximo sentimiento. ¡¡¡ESE ES EL AMOR!!! (1 Cor. 13). Es por el PERDON que el AMOR no muere.

Muchos ya sabemos que amar y perdonar es lo mismo. Es donarse al máximo, es darse por entero. "Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama" (Lc. 7, 47). Es seguir amando a pesar del mal recibido. Sólo el que se deja amar, puede llegar a amar. Porque aprendo a amar cuando me dejo amar. Y amo de verdad cuando perdono la ofensa, el dolor y el rencor que me producen en el alma cuando me hieren, sobre todo los seres que amo. A veces las heridas son hechas en heridas que están llagadas o infectadas. Es decir, algunas veces me hieren sobre mis heridas que están sin perdonar. Y, ¿cuántas veces hemos sido heridos por los que nos aman, precisamente donde más nos duele? Lo que pasa es que los que nos aman nos conocen y saben dónde herirnos para que nos duela más. Esas heridas duelen mucho más. Son más difíciles de sanar. El tratamiento es largo y perseverante. Y si no hay perdón, que es el único remedio, la mente hace su trabajo continuo de destrucción, profundizando la herida e infectándola más. Esto lo hace con pensamientos cargados de juicio, descalificaciones, resentimientos, odios y mal deseo para el otro. Así sea nuestro máximo amor. Sí, sin el perdón el amor va muriendo, porque la iniquidad que tenemos todos lo va destruyendo. "Hombre que a hombre guarda ira, ¿cómo del Señor espera curación?" (Eclo. 28, 3). "Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará" (Mt. 24, 12).

No se trata sólo del perdón en lo que nos hacen. Se trata también del perdón en lo que les hacemos a los otros. Sobre todo a nuestros seres queridos. Reconocerlo y dolerme con lo que le hago al otro, tiene que ser superior a mi orgullo, para poderme humillar ante el que he agredido, dañado y ofendido, y pedirle perdón con total sinceridad de corazón, con total dolor por lo que he hecho, con anhelos infinitos de no volver a hacerlo, con reconocimiento de mi iniquidad, de que he usado al otro como "chivo expiatorio", como víctima que debe pagar por todos los sentimientos bajos que se anidan en mi alma. "Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona" (Lv. 17, 11). Tiene que ser un reconocer mi baja acción contra el otro, de tal manera que me haga poner mi corazón de rodillas ante el Señor y rogarle, suplicarle que me sane, para que yo no dé rienda suelta a mis pasiones en la primera oportunidad que se presente. ¿Cuáles pasiones? La ira, la altivez, la altanería, la manipulación, la astucia, la violencia física y verbal, la mentira, la venganza (Gal. 5, 19-21). Todas las personas que han sido criadas con estos bajos sentimientos paternos, hoy están criando a sus hijos de esa misma manera, y son los más asiduos pacientes psiquiátricos tanto ellos como sus hijos. SOLO EL CAMINO DEL PERDON GARANTIZA LA SANACION Y LA LIBERACION DE ESTAS PASIONES DEL REINO DE LAS TINIEBLAS, QUE HAN SIDO FIJADAS EN NOSOTROS MUCHAS VECES POR LOS MALTRATOS PATERNOS Y MATERNOS EN NUESTRA INFANCIA.

Pero no por haber sido agredidos en nuestra infancia, perdemos la responsabilidad que tenemos en nuestros actos de violencia. Esta responsabilidad la tenemos por no postrarnos ante Jesús, nuestro Sanador y Liberador, a pedirle que intervenga en nuestro corazón y ponga en él sus sentimientos. "Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas; y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado. Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura os estorbe, y por ella muchos sean contaminados; no sea que haya algún fornicario o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura. Porque ya sabéis que aún después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas" (Heb. 12, 12-17). La responsabilidad la tenemos en creer que Dios va a enviar un "rayito celestial" para sanarnos de nuestras iniquidades, ignorando que nos vamos sanando con Su Ayuda en nuestra historia, en los acontecimientos diarios, no siendo cómplice de nuestras pasiones, por ejemplo de nuestra ira, cuando se nos presenta: "Con el colérico no entres en pelea, ni te adentres con él en el desierto, porque a sus ojos nada es la sangre, y donde no haya quien te auxilie se echará sobre ti" (Eclo. 8, 16 (19)).

 

 

 

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