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Pido
perdón a todos los que están leyendo, en nombre de todos los obispos,
sacerdotes, religiosas y dirigentes de comunidades que algún daño hayan hecho
en sus corazones. Los invito a que a media voz, ojalá ante el Santísimo
después de recibir la
Comunión, digan de todo corazón: "Jesús: Yo perdono a
todos los jerarcas de la
Iglesia que alejaron mi corazón de Ti". También es
liberador y sanador para el alma confesar el rencor contra ellos en el
Sacramento de la
Reconciliación. Luego diré por qué. Liberados, al poder
perdonar, podremos abrirnos al amor de Jesús y del Padre, podremos
experimentar Vida Nueva y Vida en Abundancia. Y esto no es demagogia, es la
experiencia y la realidad de miles de personas que hemos encontrado sentido a
nuestra Vida en Jesús, al perdonar el daño que se nos ha hecho, especialmente
en nuestra relación con El.
Nuestro
Papa Juan Pablo le está marcando a la Iglesia un camino de valentía y de gran riesgo.
Reconocer nuestros crímenes a la vida, al desarrollo, al encuentro con Dios
no es cosa de niños. ¡No! Es cosa de hombres grandes, responsables y
comprometidos con Jesús en su misión de instaurar el Reino de su Padre entre
nosotros. Por eso tenemos que apoyarlo, no dejarlo como "voz que
clama en el desierto" (Mt. 3, 3). El deseo del Papa Juan Pablo de
pedir perdón por todo, es deseo de Jesús. A su intención nos tenemos que unir
los que realmente participamos con Jesús en su Camino. Yo sé que somos miles
de miles los que sentimos el gozo de reconocer, abierta y públicamente, ante
el universo entero, el "Mea Culpa" de nuestra Iglesia. "Por
tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene
algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate
primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. Ponte de acuerdo
con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea
que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado
en la cárcel" (Mt. 5, 23-25).
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