|
|
|
|
Queda
claro, pues, que no se debe cambiar el sentido primero de la expresión
bíblica por una aplicación doctrinal, para apoyar la doctrina del castigo
eterno, o del infierno eterno, sea como sea. Cuando a esta expresión de
Jesús, se le adjudica una intención diferente a aquella para lo cual la dijo,
se está tergiversando el sentido de lo que dijo Jesús, se está tergiversando
la verdad, para poder apoyar doctrinas que no son propias de la Sagrada Escritura,
sino de revelaciones particulares (ver mi Primera Carta).
La Revelación Universal es la Sagrada Escritura,
desde el Génesis hasta el Apocalipsis. La revelación particular es la que
nace en el corazón de una persona, para crear una doctrina o fundar una
congregación, con su espiritualidad propia. Miremos por ejemplo las revelaciones
particulares de San Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús, en
lo que se refiere al tema del infierno como castigo eterno. En los Ejercicios
Espirituales de San Ignacio, que los tiene divididos en cuatro semanas, en la
primera semana ya aparece el "ardiente" tema. En el quinto
ejercicio, para la primera semana, enseña San Ignacio cómo debo hacer este
ejercicio: "Me imaginaré el infierno como un lugar ancho, largo,
profundo. Pediré un sentimiento íntimo del sufrimiento de los condenados,
para que, si alguna vez me olvidare del amor del Señor, por lo menos el temor
del infierno me retraiga del pecado (65). Con la imaginación, miraré los
grandes fuegos que convierten en ascuas a los condenados (66). Escucharé los
llantos, alaridos, gritos, blasfemias de odio contra Cristo y los santos
(67). Oleré el humo acre, las emanaciones sulfurosas, los olores de sentina y
de cosas podridas (68). Probaré la amargura de las lágrimas, de la tristeza,
de la acusación de la conciencia (69). Tocaré las llamas que abrasan a los
condenados (70). A través de toda la meditación voy dialogando con Cristo,
nuestro Salvador. Recordaré que los condenados se pueden dividir en tres
grupos: los que vivieron antes, durante o después de la vida de Cristo en la
tierra; tienen en común que murieron sin arrepentirse de sus pecados. Daré
gracias a mi Salvador porque no me ha dejado pertenecer a ninguno de los
grupos condenados. Agradeceré su piedad y su misericordia para conmigo.
Terminaré con un Padre Nuestro (71)".
Estos
Ejercicios de San Ignacio, aprobados en el año 1548, por el Papa Pablo III,
son una revelación particular de San Ignacio. Eran especiales para su época,
en que la
Reforma Protestante estaba sacando muchos adeptos de la Iglesia Católica.
San Ignacio fue un gran militar y nunca dejó de serlo. Por eso, pasó de
soldado, a formar su propia compañía de "soldados
de Jesús". Su obediencia férrea a sus superiores la trasladó,
después de su conversión, a la
Jerarquía de la Iglesia. Jerarquía
que, rápidamente, fueron adquiriendo los jesuítas, al llenar sus filas con
varones inteligentes, adinerados y pertenecientes a clases gobernantes que
también en esa época tenían "matrimonio" con el estado. San Ignacio
de Loyola intervino mucho en el proceso de la Reforma Protestante.
El padre Martín Lutero defendía tenazmente la "salvación por medio de
la Fe en la
muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo", como lo predicó
San Pablo. "Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de
la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en
Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de
la ley, por cuanto por las obras de la ley, nadie será justificado"
(Gal. 2,16), (Rom. 3,20.27-28; 9,11; 11,6; Gal. 2,16; 3,2-10; Ef. 2,9; Tit.
3,5 etc, etc.). Esta doctrina Paulina, defendida tenazmente por el padre
Lutero, fue contrarrestada por San Ignacio por la doctrina de obediencia
absoluta a la Iglesia
y significó para San Ignacio el eje del credo y la garantía segura de
salvación. La Salvación
estaba más en la adherencia absoluta a la Iglesia y sus doctrinas que en la muerte y
Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Por esa razón le dio tanto impulso
a la doctrina del infierno de fuego como castigo eterno. El no obedecer a la Iglesia, que era la
"salvadora", significaría permanecer eternamente quemándose "en
los grandes fuegos que convierten en ascuas a los condenados mientras se
escuchan sus llantos, alaridos, gritos y blasfemias contra Jesucristo, entre
humos acres, emanaciones sulfurosas y olores de sentinas y de cosas
podridas", como lo explica San Ignacio en el No. 68 de sus
Ejercicios Espirituales, que son técnicas de autodisciplina desarrolladas por
San Ignacio, para el adiestramiento de los socios, como se llaman ellos
mismos, cuando entran a la
Compañía.
|
|