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El episodio llamado multiplicación de los panes y
los peces, ¿sería Únicamente para hacer un milagro más, porque el pueblo
tenía hambre? ¿No está "escondida" en este acontecimiento la
verdadera señal del cristiano? ¿No era el pez, ICHTHUS, la única señal del
cristiano con la cual se identificaban entre ellos los primeros cristianos, para
no ser descubiertos, ya que decir cristiano y perseguido era igual? ¿No fue
Constantino, con su diabólico engaño, el que suprimió el símbolo del
cristiano que lleva dentro la proclamación completa y sintética de toda la
Revelación? Observemos este acróstico o ideograma:

ICHTHUS , pez en griego, significa nada menos que JESÚS
ES EL HIJO DE DIOS, EL SALVADOR.
Durante dos mil años esta era la síntesis del mensaje de Isaías, Jeremías,
Ezequiel, Daniel, de todos los profetas. Este era el objetivo de dos mil años
de leyes, de la Antigua Alianza, de todo el monoteísmo. En Ichthus estaba
simbolizado todo, en el pez estaba todo el mensaje, la promesa cumplida, la
esperanza hecha realidad. En Ichthus está simbolizada la Salvación, la
redención del universo. No terminaría de decir todo lo que contiene este
símbolo gráfico y verbal, verdadero símbolo del cristiano. Y fue la única y
verdadera señal del cristiano, hasta que Constantino la cambió por la cruz,
símbolo abominable, de maldición en su época: "Si alguno hubiere
cometido algún crimen digno de muerte, y lo hiciereis morir, y lo colgareis
en un madero, no dejaréis que su cuerpo pase la noche sobre el madero; sin
falta lo enterrarás el mismo día, porque maldito por
Dios es el colgado..." (Deut. 21, 22-23); Gal 3,13.
Constantino empezó a exhibir en su estandarte a un Jesús, muerto, maldito,
abominable: "Por tanto os hago saber que nadie que hable por el
Espíritu De Dios llama anatema a Jesús..." (1Cor. 12,3a). Suprimió
el Ichthus que contenía la vida y lo cambió por el mensaje aterrador e inicuo
de la cruz, que muestra a Dios muerto, aporreado, sentenciado por perverso,
maldición de todos los hombres y los tiempos. Este diabólico engaño (diablo: "diabolo",
significa el que tuerce), unido a otros que después comentaremos, hizo que la
humanidad empezara a venerar a un dios muerto y de apariencia aterradora que
no transforma la iniquidad del corazón en alegría, paz, amor, bondad, etc.: "Sepulcro
abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo
de sus labios" (Rom. 3,13); "Porque tales personas no sirven
a Nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propio vientres, y con suaves palabras
y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos" (Rom. 16,18). "Para
que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de
doctrina, por estratagemas de hombres que para engañar emplean con astucia
las artimañas del error" (Ef. 4,14). "Nadie os engañe con
palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos
de desobediencia" (Ef.5,6). "Y esto os digo para que nadie
os engañe con palabras persuasivas" (Col. 2,4). "Mirad que
nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las
tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según
Cristo" (Col. 2,8). "Y esto os lo digo para que nadie os
engañe con palabras persuasivas" (Col. 2,3). "Mas los malos
hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo
engañados" (2Tim. 3,13). "Pero sed hacedores de la palabra,
y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos" (Sant.
1,22). "Os he escrito esto sobre los que os engañan" (1Jn.2,26).
"Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama
diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y
sus ángeles fueron arrojados con él" (Ap. 12,9). "Y engaña a
los moradores de la tierra" (Ap. 13,14a). "...pues por tus
hechicerías fueron engañadas todas las naciones" (Ap.18,23b).
"Y la bestia fue apresada, y con ella el falso profeta que había hecho
delante de ella las señales con las cuales había engañado a los que
recibieron la marca de la bestia, y habían adorado su imagen" (Ap.
19, 20a). "Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de
fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta" (Ap. 20,
10ª). Esta imagen engañosa de Jesús, la cruz, no logra producir en el corazón
del cristiano los frutos del Espíritu que anuncia S. Pablo en Gálatas
5,22-23: "Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia,
benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay
ley". ¿Cómo lo sé? La historia lo está diciendo continuamente.
Jesús, cuando resucita se alimenta de Icthus: "Entonces le dieron
parte de un pez asado, y un panal de miel". (Lc.24,42);
alimenta también a sus discípulos cuando les prepara el desayuno, con
pescado, después de resucitar: "Al descender a tierra vieron brasas
puestas y un pez encima de ellas y pan" (Jn 21, 9). A sus discípulos
los convidó a pescar cuando los llamó: "Y les dijo: venid en pos de
mí, y os haré pescadores de hombres" (Mt.4,19; Mc. 1,17)). Y después
de su resurrección también: Jn.21,1-14.
Fuimos despojados por un pagano que simuló conversión, del significante más
rico de nuestra Fe. Es símbolo del banquete eucarístico y el pan figura
frecuentemente acompañándolo. Como el pez vive en el agua simboliza el
bautismo. Según Tertuliano, el pez simboliza al cristiano imagen del propio
Cristo. Cuando el pez lleva una barca sobre su dorso, simboliza a Jesús y Su
Iglesia; si lleva una canastilla de pan, o si está sobre un plato, representa
la Eucaristía y en las catacumbas es la imagen de Cristo. Simboliza, por su
fecundidad y su prodigiosa facultad de reproducción y el número indefinido de
sus huevos, la vida y la fecundidad del cristianismo, su capacidad de
reproducción. Toda esta Vida oculta en este símbolo, se nos fue cambiada por
Constantino por el peor símbolo de su época. Para transmitir a todas las
posteridades que Jesús era un maldito, una abominación y había sido matado y
había quedado muerto para siempre allí en el madero. Por eso Jesús anunció
tajantemente que "...las puertas del infierno no prevalecerían contra
su iglesia" (Mt. 16,18b). La Iglesia de Jesús vivo, persona, la
Iglesia dueña de Su Palabra poderosa y transformadora.
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