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Jesús
es persona: "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros
(y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y
de verdad" (Jn.1,14). Se hace presente, es responsable, compañero,
consolador: "He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el
fin del mundo" (Mt.28, 20b). "El cual nos consuela de todas
nuestras tribulaciones..." (2Cor. 4a). Siempre está, siempre,
siempre, siempre. Se "disfraza" de muchas maneras: Victoria, sí,
victoria "Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por
medio de Nuestro Señor Jesucristo" (1Cor. 15,57). Varias veces en su
vida carnal lo vimos salir airoso y gallardo de momentos complejos y
peligrosos: "Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de
ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la
cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para
despeñarle. Mas El pasó por en medio de ellos y se fue"
(Lc.4,28-30). Aún no era su hora. El lo sabía. Confiaba en eso. Nada le
pasaría hasta que llegara su hora: "Jesús le dijo: ¿Qué tienes
conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora" (Jn.2,4). A ella se
entregaría libre, alegre y amorosamente: "Por eso me ama el Padre,
porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar" (Jn10,17). El sabía
que su muerte era necesaria: "¿No era necesario que el Cristo
padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?" (Lc.24,26).
Morir para vivir. Imposible resurrección sin muerte: "Pero que ahora
ha sido manifestada por la aparición de Nuestro Salvador Jesucristo, el cual
quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio"
(2Tim.1,10).
Jesús no es una elucubración teológica, ni una hipótesis filosófica, ni una
doctrina religiosa, ni un dogma "catecismal", ni un tema homilético
de algún domingo sacerdotal. Jesús no es el objeto comercial de alguna
presbiterial profesión. Jesús es persona, persona con quien relacionarse: "Venid
a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar"
(Mt.11,28). Es el Hijo del Padre YHVH que se hizo carne, que se hizo varón,
que se hizo hombre. "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre
nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de
gracia y de verdad" (Jn. 1 ,14). Que sufrió, que gozó, que amó, que
mataron los de su sangre, los de su iglesia, los de su religión, los de su
familia: "A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron"
(Jn.1,11). Que mataron los gobernantes de las tinieblas que en esa época eran
también los gobernantes de su fe: "Entonces los principales
sacerdotes, los escribas, y los ancianos del pueblo se reunieron en el patio
del sumo sacerdote llamado Caifás, y tuvieron consejo para prender con engaño
a Jesús y matarle" (Mt.26, 3-4). Jesús
es persona con sangre humana y naturaleza divina: "Y decían: ¿No es
éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo,
pues, dice éste: Del cielo he descendido? (Jn.6,42);
"Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce quién
es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien
el Hijo lo quiera revelar" (Lc. 10,22). Que no se quedó en la
muerte, fue redivivo, resucitado por el amor de su Padre: "Porque
somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que
como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también
nosotros andemos en vida nueva" (Rom. 6,4);
"Pablo, apóstol (no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por
Dios el Padre que lo resucitó de los muertos)" (Gal. 1,1). Muchos lo
vieron y son testigos fieles, porque también nos han llevado a verlo, a
conocerlo y a sentirlo: "Lo que era desde el principio, lo que hemos
oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y
palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida" (1Jn.1,1). Nos han
llevado a amarlo, a relacionarnos con El.
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