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COMUNIDAD Y "VIDA ETERNA" |
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El monte “Hermón”, desde donde “desciende el rocío sobre los montes de Sión”, queda muy lejos de estos montes, tiene que cruzar todo el valle del río Jordán; con esto quiere decir el Padre Dios, que la bendición que emana de la comunidad tiene un radio de acción muy extenso, que abarca muchos lugares, situaciones y personas. Esto es así, es real, es verdadero porque el Padre Dios va dando a la comunidad trabajos y responsabilidades relacionadas con personas y situaciones que lo necesitan a El. El responde las necesidades de muchas personas y soluciona situaciones concretas por medio de sus comunidades aún cuando las personas que claman a El, no pertenezcan a alguna comunidad. Este cántico termina, porque los salmos son cánticos, diciendo
que a la comunidad “envía el
Padre Dios su bendición, y vida eterna”. Esta promesa
del Padre Dios, de enviar a la comunidad “su vida eterna”, explica todo el valor
que para El tiene la comunidad. Ya no se trata de espacios placenteros de
armonía, ni de “conducirse
juntos en la presencia del Hijo” por el camino; se
trata nada menos que del lugar al cual El “envía la vida eterna”. Sólo dos veces
en el libro de Es tan grande el amor que nos penetra cuando Jesús entra en nuestra vida, que hace que uno “deje casa, hermanos o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras por su presencia” (Mt.19,29a), pero no es abandonar lo que se tiene; es cortar las ataduras con los principales apegos. El amor que nos invade va haciendo que la opción fundamental en la vida sea Jesús; que El sea nuestra principal y única motivación. Su Palabra por sobre todo, sus planes, sus valores, su Reino, pasan a ser el centro de nuestra vida, y nos van conformando en amadores de todo y de todos. Y porque esto nos sucede, “recibiremos cien veces más y heredaremos la vida eterna” (Mt. 19,29b). Jesús dice que “cuando El venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de El todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis... entonces irán los justos a la vida eterna” (Mt. 25,31-40.46b). Aquí dice muy claramente el Señor, que “los justos” hacen buenas obras no para ser buenos, sino porque son buenos. Sus obras no tienen una finalidad especial, es lo que brota espontáneamente de su alma; no las hacen calculando qué beneficios personales van a conseguir con ellas. La relación con el Señor Jesús los ha cambiado, han salido de sus apegos, de su egoísmo, de su mirar por sí mismos y esta manera de actuar los galardona con la “vida eterna”. El evangelista Marcos nos cuenta que Jesús dijo que “no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre o mujer, o hijos, o tierras, por causa de El y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna” (Mr. 10,29-30). No se trata de dejarlo todo y pasar el resto de la vida en un claustro, luchando por olvidar todo lo que se dejó atrás porque las reglas de la institución así lo exigen. ¡No! Nuestra familia, si quiere, tiene que recibir la luz por medio nuestro. Se trata de que ellos no sean lo principal y único en nuestra vida. Se trata de que lo principal en nuestra vida sea El y su evangelio, pero como actitud espontánea y fundamental, no como una profesión o como una postura falsa de bondad, porque nuestra naturaleza humana es muy sagaz y termina tarde o temprano mostrando tendencias que tenemos ocultas detrás de aparentes religiosidades. El evangelista Juan cuenta mucho más que los otros evangelistas, de lo que Jesús habló acerca de “la vida eterna”. Nos dice que Jesús, empezando su vida de servicio dijo que “así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, sería necesario que el Hijo del Hombre fuera levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3,14-16). El amor que nos une a Jesús, nos hace “creer” que fue “levantado” en la cruz, muerto en ella y resucitado al tercer día. Pero “creer” no es hacer un esfuerzo mental contra la lógica; creer es dejarse impregnar, dejarse invadir y penetrar por Jesús y su realidad; y su crucifixión, muerte y resurrección forman parte de su realidad. Es el adherirnos a su realidad y que El entre en la nuestra, lo que hará que “no nos perdamos” en esta vida entre tanto engaño, mentira, falsedad y superficialidad que hay en todo y en todas partes, sino que empecemos desde aquí “la vida eterna”. “Porque de tal manera el Padre nos ama que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. El Padre nos “agapa”, nos ama incondicionalmente; nos ama por elección, por un acto de su voluntad. Su benevolencia para con nosotros es inconquistable, con nada la podemos lograr, porque El es así; no tenemos que conquistar ni comprar su bondad. Su buena voluntad es invencible, nada ni nadie hará cambiar su decisión de amarnos y jamás buscará algo que no sea el bien más elevado para la humanidad y este bien es su Hijo Jesús. El amor del padre no necesita “química”, ni afinidad, ni emoción, “El es Amor” (1Jn. 4,8). Jesús dice “que
el que beba del agua que El nos dará, no tendrá sed jamás; sino que el agua
que El nos dará será en nosotros una fuente de agua que salte para vida
eterna” (Jn. 4,14). Se termina la sed de buscar a
Dios donde no está; de mezclar los ritos católicos o protestantes, con los
budistas y orientales. Y, ¿cuál es esa agua? Jesús lo dijo “en el último y gran día de la fiesta
cuando se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a
mí y beba. El que cree en mí, como dice En el Reino de Jesús se siembra y se cosecha, porque “el que cosecha recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que cosecha. Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que cosecha” (Jn. 4,36-38). En el campo de Jesús nadie está pendiente de los frutos, al que le toca sembrar, siembra; y al que le toca cosechar, cosecha. Unos siembran, otros cosechan y ninguno busca su gloria, ni sus méritos personales, porque el gusto y la dicha están implícitos en el sólo acto de sembrar y en la gratitud permanente de cosechar; y así, “el que siembra goza juntamente con el que cosecha” porque cuando se trabaja en el Reino de Jesús, se tiene la plena conciencia de que nuestro trabajo es comunitario y que los “frutos para vida eterna”, se cosechan en comunidad. En el mundo es diferente, lo vemos en los políticos; unos empiezan una obra y no alcanzan a ver sus frutos cuando viene otro político y empieza su obra personal de la que tampoco alcanza a ver sus frutos y así sucesivamente nos pasamos la vida empezando, empezando sin terminar. Esto sucede por falta de comunidad y porque cada uno quiere dejar en alto sus proyectos personales que le darán fama, poder y dinero. “De cierto, de
cierto Jesús nos dice, que el que oye su palabra, y cree al que le envió,
tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte
a vida” (Jn. 5,24). Oír su Palabra no es sólo sentarse
en una banca de algún templo mientras otro lee, ¡no!, oír en el lenguaje de “La vida
eterna” que alcanzamos con el “oír” y con el “creer”, empieza en
el momento preciso en que “oímos
y creemos”. Todo en el mundo pasa, las relaciones, las
modas, las profesiones, las tendencias, las opiniones, los criterios, el
dinero, los bienes, los parientes, todo pasa, todo cambia en el mundo, todo
se muda, pero “la vida
eterna” que empieza en el momento en que “lo dejamos todo para conducirnos juntos en
la presencia de Jesús”, no cambia, por el contrario, se
acrecienta porque “al que
tiene se le dará y tendrá más...” (Mt. 25, 29a), tendrá
en abundancia, en exceso, tendrá lo superior. Porque el verdadero tener, es
tenerlo a El “y lo demás se
nos dará por añadidura” (Mt. 6,33b). De manera, que “no tenemos que trabajar por la comida que
perece, sino por la comida que a vida eterna permanece”
(Jn. 6,27), “porque no sólo
de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de
Dios” (Mt. 4,4). Su Palabra, contenida en La maravillosa voluntad del Padre es “que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna y Jesús lo resucitará en el día postrero” (Jn. 6,40). ¡La muerte no existe!, para los que lo “vemos” y “creemos” en El, ¡aleluya! Desaparece de nuestra vida el miedo a la muerte, al exterminio; a dejar de ser, a no estar más. Desaparecen todos esos tratamientos inútiles para prolongar la vida y la juventud; para no parecer vieja o viejo, desconociendo que la muerte física la tenemos inscrita en la vida. Pero con El y en El continuaremos viviendo y es esta realidad la que hace exclamar a Pablo: “Sorbida está la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1Co. 15,54c-55), ya que “al verlo y creer en El”, la vida no termina, “pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos” (Ro. 14, 8). Jesús repite insistentemente que “de cierto, de cierto nos dice que el que cree en El, tiene vida eterna” (Jn. 6,47). Nos ruega, nos suplica empezar “la vida eterna” desde la vida temporal, desde esta vida que pasa. No quiere que nos perdamos su presencia, su amor, su alegría durante la vida terrenal. El quiere vivir con nosotros el diario vivir, y es lo mejor que nos puede pasar que “ya no vivamos nosotros, sino que Cristo vive en nosotros” (Gal. 2,20b). Jesús es “el buen pastor” (Jn. 10,11), y forma rebaños, forma comunidades donde “las ovejas oímos su voz, y El nos conoce, y lo seguimos, y El nos da vida eterna; y no pereceremos jamás, ni nadie nos arrebatará de su mano porque el Padre que nos puso en las manos de Jesús, es mayor que todos, y nadie nos puede arrebatar de las manos del Padre de Jesús porque Jesús y el Padre uno son” (Jn. 10,27-30). ¿¡Cómo no saltar de amor y gozo con semejantes palabras!? “¿Cómo no perder la vida, aborrecerla en este mundo, para guardarla para vida eterna? ¿Cómo no servirlo, y seguirlo, si donde está él, también está su servidor siendo honrado por el Padre?” (Jn. 12,25-26). ¿Podrá haber un honor, una honra mayor que la de “ser honrado por el Padre”? Ante esta gloria no hay títulos, ni condecoraciones, ni premios Nobel, ni reconocimientos internacionales; todo esto pasa, pero el “ser honrado por el Padre”, ¿pasará algún día? Nunca, ya lo dijo, y también dijo que “el cielo y tierra pasarán pero sus palabras no pasarán” (Lc. 21,33). “Jesús no habló por su propia cuenta; el Padre que lo envió, él le dio mandamiento de lo que tenía de decir, y de lo que tenía que hablar, y Jesús sabía que el mandamiento del Padre es vida eterna. Así pues, lo que él habla, lo habla como el Padre se lo ha dicho” (Jn.12,49-50), y por eso en lo que El dice nos regala “la vida eterna” ya que “el Padre le dio potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a los que el Padre le dio” (Jn. 17,2).
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