COMUNIDAD Y "VIDA ETERNA"

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El monte “Hermón”, desde donde “desciende el rocío sobre los montes de Sión”, queda muy lejos de estos montes, tiene que cruzar todo el valle del río Jordán; con esto quiere decir el Padre Dios, que la bendición que emana de la comunidad tiene un radio de acción muy extenso, que abarca muchos lugares, situaciones y personas. Esto es así, es real, es verdadero porque el Padre Dios va dando a la comunidad trabajos y responsabilidades relacionadas con personas y situaciones que lo necesitan a El. El responde las necesidades de muchas personas y soluciona situaciones concretas por medio de sus comunidades aún cuando las personas que claman a El, no pertenezcan a alguna comunidad.

Este cántico termina, porque los salmos son cánticos, diciendo que a la comunidad “envía el Padre Dios su bendición, y vida eterna”. Esta promesa del Padre Dios, de enviar a la comunidad “su vida eterna”, explica todo el valor que para El tiene la comunidad. Ya no se trata de espacios placenteros de armonía, ni de “conducirse juntos en la presencia del Hijo” por el camino; se trata nada menos que del lugar al cual El “envía la vida eterna”. Sólo dos veces en el libro de la Antigua Alianza habla el Padre de “la vida eterna”. La primera vez es en este Salmo, el 133, en el que se refiere a la comunidad, y cientos de años después en una profecía del profeta Daniel. Los tres primeros evangelistas, los sinópticos, nos dicen que Jesús habló cuatro veces acerca de “la vida eterna”. Y el apóstol Juan dice que lo hizo doce veces. Pablo se refirió nueve veces a ella. Miremos de qué se trata:

Es tan grande el amor que nos penetra cuando Jesús entra en nuestra vida, que hace que uno “deje casa, hermanos o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras por su presencia” (Mt.19,29a), pero no es abandonar lo que se tiene; es cortar las ataduras con los principales apegos. El amor que nos invade va haciendo que la opción fundamental en la vida sea Jesús; que El sea nuestra principal y única motivación. Su Palabra por sobre todo, sus planes, sus valores, su Reino, pasan a ser el centro de nuestra vida, y nos van conformando en amadores de todo y de todos. Y porque esto nos sucede, “recibiremos cien veces más y heredaremos la vida eterna (Mt. 19,29b).

Jesús dice que “cuando El venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de El todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis... entonces irán los justos a la vida eterna (Mt. 25,31-40.46b). Aquí dice muy claramente el Señor, que “los justos” hacen buenas obras no para ser buenos, sino porque son buenos. Sus obras no tienen una finalidad especial, es lo que brota espontáneamente de su alma; no las hacen calculando qué beneficios personales van a conseguir con ellas. La relación con el Señor Jesús los ha cambiado, han salido de sus apegos, de su egoísmo, de su mirar por sí mismos y esta manera de actuar los galardona con la “vida eterna”.

El evangelista Marcos nos cuenta que Jesús dijo que “no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre o mujer, o hijos, o tierras, por causa de El y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna (Mr. 10,29-30). No se trata de dejarlo todo y pasar el resto de la vida en un claustro, luchando por olvidar todo lo que se dejó atrás porque las reglas de la institución así lo exigen. ¡No! Nuestra familia, si quiere, tiene que recibir la luz por medio nuestro. Se trata de que ellos no sean lo principal y único en nuestra vida. Se trata de que lo principal en nuestra vida sea El y su evangelio, pero como actitud espontánea y fundamental, no como una profesión o como una postura falsa de bondad, porque nuestra naturaleza humana es muy sagaz y termina tarde o temprano mostrando tendencias que tenemos ocultas detrás de aparentes religiosidades.

El evangelista Juan cuenta mucho más que los otros evangelistas, de lo que Jesús habló acerca de “la vida eterna”. Nos dice que Jesús, empezando su vida de servicio dijo que “así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, sería necesario que el Hijo del Hombre fuera levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Jn. 3,14-16). El amor que nos une a Jesús, nos hace “creer” que fue “levantado” en la cruz, muerto en ella y resucitado al tercer día. Pero “creer” no es hacer un esfuerzo mental contra la lógica; creer es dejarse impregnar, dejarse invadir y penetrar por Jesús y su realidad; y su crucifixión, muerte y resurrección forman parte de su realidad. Es el adherirnos a su realidad y que El entre en la nuestra, lo que hará que “no nos perdamos” en esta vida entre tanto engaño, mentira, falsedad y superficialidad que hay en todo y en todas partes, sino que empecemos desde aquí “la vida eterna”. “Porque de tal manera el Padre nos ama que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. El Padre nos “agapa”, nos ama incondicionalmente; nos ama por elección, por un acto de su voluntad. Su benevolencia para con nosotros es inconquistable, con nada la podemos lograr, porque El es así; no tenemos que conquistar ni comprar su bondad. Su buena voluntad es invencible, nada ni nadie hará cambiar su decisión de amarnos y jamás buscará algo que no sea el bien más elevado para la humanidad y este bien es su Hijo Jesús. El amor del padre no necesita “química”, ni afinidad, ni emoción, “El es Amor” (1Jn. 4,8).

Jesús dice “que el que beba del agua que El nos dará, no tendrá sed jamás; sino que el agua que El nos dará será en nosotros una fuente de agua que salte para vida eterna (Jn. 4,14). Se termina la sed de buscar a Dios donde no está; de mezclar los ritos católicos o protestantes, con los budistas y orientales. Y, ¿cuál es esa agua? Jesús lo dijo “en el último y gran día de la fiesta cuando se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu Santo que habían de recibir los que creyesen en él...” (Jn. 7,37-39). El agua que Jesús nos da es la Espíritu Santa, que es “una fuente de agua que salta para vida eterna. “Fuente de agua” que nunca se seca porque es eterna; “fuente de agua” que todo lo que riega con su presencia lo hace reverdecer, florecer y fructificar desde aquí hasta “la vida eterna”. ¿Por qué estamos tan sordos y ciegos que rechazamos el ofrecimiento de Jesús de darnos una vida plena, realizada, agradable, entretenida y preferimos morirnos en los desiertos del mundo entre angustias, depresiones y soledades? No lo sé; es ilógico, irracional ver a tantas personas, todas valiosas, consumiéndose en dolores internos, muchas veces imaginarios, mientras que “la fuente de agua” brota día y noche sin parar para todos los que quieran, de todo corazón, acercarse a ella.

En el Reino de Jesús se siembra y se cosecha, porque “el que cosecha recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que cosecha. Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que cosecha” (Jn. 4,36-38). En el campo de Jesús nadie está pendiente de los frutos, al que le toca sembrar, siembra; y al que le toca cosechar, cosecha. Unos siembran, otros cosechan y ninguno busca su gloria, ni sus méritos personales, porque el gusto y la dicha están implícitos en el sólo acto de sembrar y en la gratitud permanente de cosechar; y así, “el que siembra goza juntamente con el que cosecha” porque cuando se trabaja en el Reino de Jesús, se tiene la plena conciencia de que nuestro trabajo es comunitario y que los “frutos para vida eterna, se cosechan en comunidad. En el mundo es diferente, lo vemos en los políticos; unos empiezan una obra y no alcanzan a ver sus frutos cuando viene otro político y empieza su obra personal de la que tampoco alcanza a ver sus frutos y así sucesivamente nos pasamos la vida empezando, empezando sin terminar. Esto sucede por falta de comunidad y porque cada uno quiere dejar en alto sus proyectos personales que le darán fama, poder y dinero.

“De cierto, de cierto Jesús nos dice, que el que oye su palabra, y cree al que le envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Jn. 5,24). Oír su Palabra no es sólo sentarse en una banca de algún templo mientras otro lee, ¡no!, oír en el lenguaje de la Sagrada Escritura significa discernir, significa obedecer, pero no “obedecer porque el otro manda aún cuando mande mal”. Oír significa obedecer porque se ha discernido que lo que se oye es lo que es y es lo que debe ser, puesto que “la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Ro. 10,17). Luego del “oír” viene el creer, que es dejarse impregnar por esa Palabra que se oyó, y como consecuencia, actuar y vivir conforme a lo que se oyó; esta actitud nos otorga “la vida eterna” y “no iremos a condenación” que no es irse para el infierno durante toda la eternidad (ver mi Quinta Carta), sino que “la condenación consiste en que la luz vino al mundo, y los hombres aman más las tinieblas que la luz, porque sus obras son malas” (Jn. 3,19). El que no recibe a Jesús, por supuesto que a sí mismo se condena a no relacionarse con El, a no recibir sus promesas ni a experimentar su presencia durante esta vida. El que no recibe a Jesús, durante toda esta vida recibirá la acción y presencia de “las tinieblas” y él mismo se ha condenado a eso.

“La vida eterna” que alcanzamos con el “oír” y con el “creer”, empieza en el momento preciso en que “oímos y creemos”. Todo en el mundo pasa, las relaciones, las modas, las profesiones, las tendencias, las opiniones, los criterios, el dinero, los bienes, los parientes, todo pasa, todo cambia en el mundo, todo se muda, pero “la vida eterna” que empieza en el momento en que “lo dejamos todo para conducirnos juntos en la presencia de Jesús”, no cambia, por el contrario, se acrecienta porque “al que tiene se le dará y tendrá más...” (Mt. 25, 29a), tendrá en abundancia, en exceso, tendrá lo superior. Porque el verdadero tener, es tenerlo a El “y lo demás se nos dará por añadidura” (Mt. 6,33b). De manera, que “no tenemos que trabajar por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece” (Jn. 6,27), “porque no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4,4). Su Palabra, contenida en la Sagrada Escritura, es “la comida que a vida eterna permanece”, la que alimenta nuestro verdadero ser y nos da el incremento vital que necesitamos para poder vivir cada día, día por día, en el mundo donde los parámetros de comportamiento están en oposición a los que llevamos dentro, puestos allí por el Señor.

La maravillosa voluntad del Padre es “que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna y Jesús lo resucitará en el día postrero” (Jn. 6,40). ¡La muerte no existe!, para los que lo “vemos” y “creemos” en El, ¡aleluya! Desaparece de nuestra vida el miedo a la muerte, al exterminio; a dejar de ser, a no estar más. Desaparecen todos esos tratamientos inútiles para prolongar la vida y la juventud; para no parecer vieja o viejo, desconociendo que la muerte física la tenemos inscrita en la vida. Pero con El y en El continuaremos viviendo y es esta realidad la que hace exclamar a Pablo: “Sorbida está la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1Co. 15,54c-55), ya que “al verlo y creer en El”, la vida no termina, “pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos” (Ro. 14, 8).

Jesús repite insistentemente que “de cierto, de cierto nos dice que el que cree en El, tiene vida eterna (Jn. 6,47). Nos ruega, nos suplica empezar “la vida eterna” desde la vida temporal, desde esta vida que pasa. No quiere que nos perdamos su presencia, su amor, su alegría durante la vida terrenal. El quiere vivir con nosotros el diario vivir, y es lo mejor que nos puede pasar que “ya no vivamos nosotros, sino que Cristo vive en nosotros” (Gal. 2,20b).

Jesús es “el buen pastor” (Jn. 10,11), y forma rebaños, forma comunidades donde “las ovejas oímos su voz, y El nos conoce, y lo seguimos, y El nos da vida eterna; y no pereceremos jamás, ni nadie nos arrebatará de su mano porque el Padre que nos puso en las manos de Jesús, es mayor que todos, y nadie nos puede arrebatar de las manos del Padre de Jesús porque Jesús y el Padre uno son” (Jn. 10,27-30). ¿¡Cómo no saltar de amor y gozo con semejantes palabras!? “¿Cómo no perder la vida, aborrecerla en este mundo, para guardarla para vida eterna? ¿Cómo no servirlo, y seguirlo, si donde está él, también está su servidor siendo honrado por el Padre?” (Jn. 12,25-26). ¿Podrá haber un honor, una honra mayor que la de “ser honrado por el Padre”? Ante esta gloria no hay títulos, ni condecoraciones, ni premios Nobel, ni reconocimientos internacionales; todo esto pasa, pero el “ser honrado por el Padre”, ¿pasará algún día? Nunca, ya lo dijo, y también dijo que “el cielo y tierra pasarán pero sus palabras no pasarán” (Lc. 21,33).

“Jesús no habló por su propia cuenta; el Padre que lo envió, él le dio mandamiento de lo que tenía de decir, y de lo que tenía que hablar, y Jesús sabía que el mandamiento del Padre es vida eterna. Así pues, lo que él habla, lo habla como el Padre se lo ha dicho” (Jn.12,49-50), y por eso en lo que El dice nos regala “la vida eterna ya que “el Padre le dio potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a los que el Padre le dio” (Jn. 17,2).

 

 

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