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Las comunidades de los primeros que “se condujeron juntos en la presencia de
Jesús”, que eran “multitud
de personas que habían creído, no tenían sino un solo corazón y una sola
alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era común entre ellos.
Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor
Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos
ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las
vendían, y traían el precio de lo vendido” (Hch.
4,32-34). Esa es la
Comunidad de Alianza, el Berit del cual el Señor da
testimonio con su Palabra (ver mi Segunda Carta), y que desaparecieron por
completo de nuestra historia humana. Eso es lo que El quiere que vivamos,
espacios sociales, comunidades, donde todos estemos bien, donde podamos todos
vivir el Shallom que es un estado de bienestar total permanente. Esa es la
voluntad del Padre para todos, y nosotros la hemos cambiado, destruido,
torcido y tergiversado hasta el punto de que nos hacen creer que con sólo ir
a cultos y a ritos estamos cumpliendo lo que el Padre Dios quiere. El ha
programado felicidad y amor para todos, y hoy la mayoría de los que son
seguidores de las diferentes denominaciones religiosas, creen que hay que
sufrir, padecer y vivir entristecido porque esa es la voluntad del Padre
Dios. Creen que como Jesús sufrió, nosotros también tenemos que sufrir y que
eso nos hace más hijos del Padre. Creen que el Padre Dios envía y permite
situaciones desgraciadas y dolorosas para nosotros y que sufriendo todo con
resignación vamos a ganar el cielo. Pero eso no es así, porque “cuando uno es probado, no diga que es
probado de parte de Dios; porque Dios no puede ser probado por el mal, ni él
prueba a nadie” (Stg. 1,13). El Padre dice que “si alguno conspirare contra nosotros, lo
hará sin El; y que el que contra nosotros conspirare, delante de nosotros
caerá” (Is. 54,15). Eso que nos predican está en
oposición absoluta al deseo del Padre Dios que es “hacer con nosotros pacto eterno, y no se
volverá atrás de hacernos el bien, y pondrá su respeto amoroso en nuestro
corazón, para que no nos apartemos de él. Y se alegrará con nosotros
haciéndonos el bien, y nos plantará en esta tierra en verdad, de todo su
corazón y de toda su alma” (Jer. 32,40-41). Con tantos
mensajes en contra de lo que el Padre Dios desea, nos han ido convenciendo a
través de los siglos que nuestro Padre Dios es un Dios perverso, que nos
manda males si nosotros no hacemos lo que El quiere, que en este caso es
sufrir (ver mis Cartas anteriores).
Al Padre Dios, a Jesús y a Rúakj, se los conoce en comunidad,
es en ella donde ellos se dan a conocer como quieren que los conozcamos. Es
en ella donde la Palabra
de Dios, manifiesta y hermética, se nos abre para que la entendamos y
conozcamos todo lo que el Padre es y quiere (ver mi Cuarta Carta). El
Padre Dios habló su Palabra para la comunidad; El la entregó primero que todo
a la comunidad de Israel y es en comunidad donde ella se revela, se muestra,
se da a conocer, porque “en
el principio era la Palabra,
y la Palabra
era con Dios, y la Palabra
era Dios. Esta era en el principio con Dios. Y la Palabra se hizo carne, y
habitó entre nosotros y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre,
lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1,1-2.14). La Palabra es el mismo
Jesús y “El es amor”
(1Jn. 4,8b). En comunidad “nos
amamos unos a otros, porque el amor es de Dios y todo aquel que ama, es
nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque
Dios es amor” (1Jn. 4,7-8).
Jesús entregó su Palabra también en comunidad, primeramente a
su comunidad y luego a multitudes. Se las explicaba, como hizo con la
parábola del sembrador en Mateo 13,3-23; dedicaba todo el tiempo que fuera
necesario para que la entendieran; unos a otros se ayudaban a entender. Para
Jesús es primordial que entendamos todo lo que el Padre, la Espíritu Santa y
El, han dicho por medio de la
Palabra de la Sagrada Escritura, porque en ella esta la Vida y hay que orar para
entenderla, estudiar para integrarla a nuestro pensamiento diario y esto se
hace en comunidad.
Dolorosamente a la mayoría de las personas la Palabra de Dios no les
interesa, no la entienden y la han dejado como propiedad exclusiva de
pastores y religiosos. Eso no es así; “Jesús
manifiesta la presencia del Padre a hombres del mundo que guardamos su
palabra y así conocemos que todas las cosas que el Padre le da a Jesús,
proceden del Padre; porque las palabras que el Padre le dio a Jesús,
nosotros las recibimos, y conocemos verdaderamente que Jesús salió del Padre
y creemos que el Padre lo envió. Jesús ya no está en el mundo, pero nosotros
estamos en el mundo. Jesús nos ha dado la palabra del Padre; y el mundo nos
aborrece, porque nosotros no somos del mundo, como tampoco Jesús es del
mundo. Jesús no ruega que el Padre nos quite del mundo, sino que nos libre
del mal, porque no somos del mundo como tampoco Jesús es del mundo. El Padre
nos santifica en su verdad y su palabra es verdad. Como el Padre envió
a Jesús al mundo, así El nos envía al mundo” (Jn.
17,6-8.11.14-18). Jesús no quiere que nos retiremos del mundo; quiere que
permanezcamos en El. Si nos retiramos del mundo, la mentira, el engaño, la
falsedad, no van a tener quien los combata. ¿Quién dirá verdad, ejercerá la
honestidad y vivirá los valores del Reino de Dios, si los que “nos conducimos juntamente en su
presencia”, nos retiramos del mundo? ¿Quién podrá
sobrevivir solo a toda la guerra que existe en el mundo contra los deseos y
voluntad del Padre? Ninguno. Sólo viviendo en comunidad se puede sobrevivir
en el mundo, con los principios y valores de Jesús.
Yo conozco muchos padres y madres convencidos de sus
inquebrantables principios morales hasta el momento en que su hijo,
contaminado con los valores del mundo, los convence de que ellos son unos
atrasados, que tienen que evolucionar, que los tiempos cambian, que hoy todo
es distinto y un sin número de argumentos que destruyen los valores de los
padres. Convencidos de que están cambiando por amor a su hijo, lo que están
haciendo es entregarlo a los valores del mal. Si los criterios y principios
de los padres los hubiera puesto en su corazón “la palabra de Dios que es viva y eficaz y
más penetrante que toda espada de doble filo; y penetra hasta partir el alma
y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y
las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su
presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de
aquel a quien tenemos que dar cuenta” (He. 4,12-13), si
hubiera sido la Palabra
de Dios quien los hubiera penetrado, los débiles argumentos con que ha sido
contaminado su hijo, no los haría cambiar. Pero los criterios que tienen los
padres son “doctrinas,
mandamientos de hombres; han dejado el mandamiento de Dios para aferrarse a
la tradición de los hombres” (Mc. 7,7-8a). Y como “las doctrinas, los mandamientos de
hombres, y la tradición de los hombres” pertenecen al
mundo, es evidente que al cambiar las doctrinas, los mandamientos y las
tradiciones, cambian también las personas que pertenecen a ellas. Pero nada
tienen que ver con las doctrinas, mandamientos y tradiciones de la Palabra de Dios que
nunca cambiarán porque “el
cielo y la tierra pasarán, pero sus palabras no pasarán”
(Mt. 24,35).
La Palabra
de Dios es entonces, para vivirla en comunidad. Es la comunidad la que no nos
deja “desviarnos ni a derecha
ni a izquierda” (Pr. 4,27) de ella, porque la comunidad
nos educa, nos orienta, nos señala el camino que la Palabra de Dios quiere
que sigamos. Hacer discernimientos personales, uno solo, acerca de la actitud
que debemos tomar ante determinada situación, y que implica nuestros
sentimientos y emociones, es muy difícil, si no imposible. Sin embargo a la
comunidad le queda más fácil, porque tiene las emociones y los sentimientos
libres de influencia para llegar a un discernimiento, y como la comunidad nos
ama, logrará que hagamos lo que el Señor quiere para nosotros, porque “el alimento sólido es para los que han
alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en
el discernimiento del bien y del mal” (He. 5,14), y
cuando nosotros estamos influenciados por emociones y afectos, perdemos “la madurez que hemos alcanzado para
discernir entre el bien y el mal”. Es en esos momentos
cuando nuestros hermanos de comunidad nos ayudan a discernir “entre el bien y el mal”,
y nosotros les obedecemos porque sabemos que ellos tienen, en el momento de
nuestra turbación, más claridad para discernir la voluntad del Padre que
nosotros.
La comunidad es el bálsamo que suaviza la dureza que vivimos
en el mundo y el Señor se regocija en ella porque nos canta en el Salmo 133: “¡Mirad cuán bueno y delicioso es habitar
los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual
desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus
vestiduras; como el rocío del Hermón, que desciende sobre los montes de Sión;
porque allí envía el Padre Dios su bendición, y vida eterna”.
No se refiere a los hermanos de sangre, aunque también. Hermano, Ach, que
aparece más de 740 veces en el libro de la Antigua Alianza
o Antiguo Testamento, se refiere a familiar cercano, compañero, acompañante,
compatriota, vecinos, todos aquellos con los que formamos comunidad. Para el
Padre Dios, “habitar los
hermanos juntos en armonía”, es “bueno y delicioso, es como el buen
óleo”. Con la palabra “óleo”, el Padre Dios está diciendo que
la comunidad es prosperidad, bendición divina, alegría, fraternidad. Está
diciendo que la comunidad es autoridad, poder y gloria de su parte que es el
autor de la comunidad. Con la palabra “óleo”
está diciendo que la comunidad es la presencia de la Espíritu Santa.
Pertenecer a una comunidad es ser introducido en la esfera divina en la cual
se está a salvo. Con la palabra “buen
óleo”, el Padre Dios nos está diciendo que la comunidad
tiene un ministerio sacerdotal y profético. Esto quiere decir que la
comunidad es un puente que une a los hombres con el Padre Dios y que es por
medio de ella que el Padre Dios “habla
a los hombres para edificación, exhortación y consolación”
(1Co. 14,3). Al Padre Dios decir en este Salmo que la comunidad “es como el rocío”,
está diciendo que ella es esencialmente su regalo de vida, su bendición
celestial, es redención, revivificación para sus miembros y para aquellos en
los cuales la comunidad tiene influencia.
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