CONSTANTINO Y LAS PRIMERAS COMUNIDADES

 

 

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Constantino, en el año 350 d.c. destruyó las Comunidades de Alianza porque eran un peligro para el estado. Ellas se autoabastecían, intercambiaban entre ellas, compartían entre ellas y esto significaba disminución de ingresos en impuestos para el estado. Había que destruirlas y lo logró. En cambio aparecieron personas solitarias que fueron a vivir al desierto a adorar sólo a Dios sin amar a su hermano. Hombres y mujeres valiosos que en los albores de la historia cristiana prefirieron renunciar a todo que luchar por todos. El miedo los acobardó, la destrucción de las comunidades los desesperanzó y prefirieron abandonarlos a todos y dedicarse a rezar solos en los desiertos de la tierra. La historia demuestra claramente que esto no sirvió de nada; que los hombres sucumben a millones diariamente en manos de la maldad y de sus más bajas pasiones animales. La comunidad es la que ennoblece, enaltece, obliga por amor a alejarse de todo aquello que destruye a la persona y como consecuencia a la comunidad. La lealtad, que no es una conducta, es un dolor lacerante en el corazón cuando cometemos actos que van contra nosotros mismos y como consecuencia contra la comunidad, ella nos obliga desde el amor, no desde ninguna ley, a “confesarnos nuestras faltas unos a otros” (Stg. 5,16a), a ponernos en manos de los hermanos de comunidad y del Señor, para cambiar en aquello que el Señor y los hermanos nos piden que hagamos.

Produce un gozo inimaginable el palpar que hay otros que por amor, asumen nuestros defectos, nuestros vicios y debilidades como suyos, con el compromiso de sacarnos de ellos. ¡Cuántos hay en el mundo, sucumbiendo bajo la carga de sus vicios solitarios, escondiéndolos, camuflándolos y siendo destruidos por ellos lenta o rápidamente sin nadie que lo sepa y les ayude! Eso no pasa en la comunidad, todos tenemos apoyo para todo lo que somos, bueno y malo; bueno para enaltecerlo y malo para corregirlo. ¿Cierto que de esta manera se arreglaría nuestra moribunda sociedad?

La comunidad produce dichas y placeres compartidos tan grandes, que no hay que recurrir a los entretenimientos sociales que van destruyendo no sólo nuestra parte moral, sino también nuestra identidad, criterios, valores, principios y tendencias naturales. En comunidad se goza plantando un árbol, haciendo una artesanía, defendiendo a un débil, ayudando a un desvalido, acompañando a un enfermo y por sobre todo se goza fomentando y repartiendo por todas partes la Palabra de Dios. No se necesitan ni cines, ni cafeterías, ni teatros, ni televisores. El gozo, la dicha y la alegría están aseguradas sólo con reunirse con aquellos que se “conducen juntamente en la presencia del Señor”. Cualquier mínimo detalle que se vive en comunidad es fuente de amor, de lucha, de compromiso, de sinceridad; cualquier mínimo detalle es motivo para ser y para cantar al unísono: ¡Gloria a Dios, gracias Señor!

En la comunidad “se alegran el desierto y la soledad; la aridez se goza y florece como la rosa. Florece profusamente, y también se alegra y canta con júbilo; la gloria del Líbano le es dada, la hermosura del Carmelo y de Sarón. Se ve la gloria del Padre Dios, la hermosura del Dios nuestro”. En la comunidad se “fortalecen las manos cansadas, se afirman las rodillas endebles; en ella los de corazón apocado se esfuerzan, no tienen miedo, porque es el mismo Padre Dios quien viene con retribución y pago; es El mismo quien viene y salva”. En la comunidad, “los ojos de los ciegos son abiertos y los oídos de los sordos se abren. El cojo salta como un ciervo, y canta la lengua del mudo; porque aguas son cavadas en el desierto, y torrentes en la soledad” cuando se vive en comunidad. En comunidad “el lugar seco se convierte en estanque, y el sequedal en manaderos de aguas; en la morada de chacales, en su guarida, se hace lugar de cañas y juncos”. En la comunidad “hay calzada y camino; hay camino llamado Camino de Santidad; no pasa inmundo por ella, sino que el mismo Padre está con ella; el que anda en este camino, por torpe que sea, no se extraviará”. En la comunidad “no hay león, ni fiera sube por ella, para que caminen los redimidos”. De la comunidad se vuelve “con alegría; y gozo perpetuo es sobre su cabeza; en ella se tienen gozo y alegría y huyen la tristeza y el gemido” (Is. 35,1-10).

En la comunidad se cumplen las promesas del Padre Dios. En el mundo “los afligidos y menesterosos buscan las aguas, y no las hay; seca está de sed su lengua; pero el Padre Dios los oye, El, el Padre de Israel no los desampara” (Is. 41,17) y forma la comunidad para “abrir ríos en las alturas, y fuentes en medio de los valles; para abrir en el desierto estanques de aguas, y manantiales de aguas en la tierra seca. El da en el desierto cedros, acacias, arrayanes y olivos; pone en la soledad cipreses, pino y bojes juntamente, para que vean y conozcan, y adviertan y entiendan todos, que la mano del Padre Dios hace esto, y que el Santo de Israel lo creó” (Is. 41,18-20). La comunidad es el espacio donde “ciertamente el Padre Dios consuela; donde consuela todas las soledades, y cambia su desierto en paraíso, y su soledad en huerto del Padre Dios; en ella se halla alegría y gozo, alabanza y voces de canto” (Is. 51,3).

Puede haber problemas en la vida, dolores, dificultades, lutos, enfermedades, pero cuando se reúne la comunidad en oración por el que está en tristeza, el Señor envía la fortaleza y la esperanza y se consuela en su corazón de sus penas y dolores. En comunidad se comprueba que la esperanza, la fortaleza y el gozo son más fuertes que los dolores físicos o los dolores del alma “porque el gozo del Padre Dios es nuestra fortaleza” (Neh. 8,10c) y, ¿a cuál fortaleza pueden entrar “los dardos de fuego del maligno” (Ef. 6,16b), si el muro de la fortaleza es el Padre Dios?

En la comunidad es donde uno “se fortalece en el Señor, y en el poder de su fuerza junto con los hermanos”. La comunidad es “el vestido de toda la armadura de Dios, para poder estar firmes contra todas las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, es en comunidad donde se toma la armadura de Dios, para poder resistir el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Es en ella donde se está firme, ceñidos los lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de la justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Es en ella donde se toma el escudo de la fe para poder apagar los dardos de fuego del maligno. En ella y con ella se toma el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios; es en ella donde se ora en todo tiempo con oración y súplica en el Espíritu, y donde se vela en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos” (Ef. 6,10-18).

 

 

 

 

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