COMUNIDAD, SOLUCION SOCIAL

 

 

Imprime esta Página

 

 

 

En la comunidad “no sobra al que ha recogido mucho, ni falta al que ha recogido poco” (Ex. 16,18b). La comunidad que el Señor quiere es la solución para erradicar las injusticias sociales del mundo. Los tres valores fundamentales del Berit o Comunidad de Alianza (ver mi Carta Dos), son la solidaridad, la lealtad y la misericordia. Pero estos tres principios de la comunidad, no son conductas que se adoptan para parecer bueno en un momento determinado; no son simples obras de caridad, ¡no!, son actitudes básicas que el Señor pone en el corazón de los que se unen en comunidad en su nombre; son modos de ser y de sentir que nacen en el corazón de las personas porque tienen el mismo sentir del Señor y se aman. Nacen del verdadero amor que es El en la comunidad. Cuando alguno de la comunidad sufre, sufren todos y sufren de verdad. Cuando alguien tiene una alegría, se alegran todos y se alegran de verdad. Estas actitudes básicas brotan de una manera espontánea, sin cálculos, sin medidas, sin utilitarismos y sin un fin diferente al del “mutuo amor”; porque en la comunidad “la única deuda es la del mutuo amor” (Ro.13,8a), y en ella sólo se vive “lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación” (Ro. 14,19).

En la comunidad no se vive con Dios, se vive a Dios, y El sorprende amorosa y alegremente a la comunidad en todas sus idas y venidas, en todos sus movimientos, planes y acciones. El hace que la comunidad viva la alegría de El, el amor de El, la lealtad de El, y la misericordia de El. En la comunidad nadie se pone contra nadie, todos lo apoyan, y en la lealtad se vive la amonestación, para que el amonestado llegue a pensar y sentir como todos y como el Señor, para que llegue a amar. Y el amonestado no se defiende, ni se resiente, sabe que los demás lo amonestan porque quieren que él abra su corazón al amor del Señor y de la comunidad. La comunidad lo amonesta con “bondad y todo conocimiento, de tal manera que podemos amonestarnos los unos a los otros” (Ro. 15,14). En el mundo es todo lo contrario, nos adulan o nos descalifican con críticas fulminantes que no nos dejarán, ni la una ni la otra, llegar a ser las personas que el Padre quiere, “a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef. 4,13). Porque el Padre quiere que cada uno de nosotros se desarrolle lo máximo que se pueda desarrollar hasta llegar a ser “un varón perfecto”, y la máxima “medida” a la que cada uno de nosotros puede llegar, está en relación “a la estatura de la plenitud de Cristo”. Cada uno de los que “nos conducimos juntos en la presencia del Señor”, cuando vivimos comunidad, ella nos ayuda a desarrollar nuestra persona hasta alcanzar nuestro punto máximo de desarrollo; a parecernos al Señor según la propia medida de nuestras capacidades.

En la comunidad se vive el Reino de Dios con todos sus dones y frutos, se vive “el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, la templanza” (Ga. 5,22-23), no hay competencias, ni vanaglorias, ni envidias. Hay sólo el ser todo para todos.

¿Qué mejor que tener personas solidarias con nosotros que se preocupen y ocupen de todo lo nuestro? Cuántas madres hay en el mundo, con buen marido y muchos hijos, y en el momento de una enfermedad, no tienen ni siquiera quien las acompañe al médico. Cuántos miembros de una familia, a pesar de ser muchos, no tienen con quien compartir lo que viven, lo que sienten lo que piensan. En la comunidad no es así, todos compartimos todo lo que nos pasa, no hay secretos, todo se discierne en comunidad, se sacan conclusiones y se planean estrategias en comunidad, iluminados y apoyados en la Palabra del Señor. “¡Ay del solo!”, dice la Escritura porque en muchos momentos de confusión, no tenemos ni fuerzas para orar y es la comunidad “la diestra del Padre donde nos refugiamos de los que se levantan contra nosotros y es las alas del Padre bajo cuya sombra nos esconde” (Sal. 17,8b-9). La comunidad es el lugar donde “los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de las alas del Padre; donde somos completamente saciados de la grosura de su casa y donde nos abreva del torrente de sus delicias” (Sal. 36,7b-8). En la comunidad está “con El, el manantial de la vida” y es el lugar donde “en su luz, vemos la luz” (Sal. 36,9).

La comunidad fortalece al débil; da valentía al cobarde; serena al impaciente; equilibra al desequilibrado; da salud y vida al enfermo; abastece al pobre; orienta al desorientado y por sobre todo, la comunidad le da un sentido pleno y profundo a la existencia. Allí se llega a ser alguien por opción libre y voluntaria; la comunidad nos respeta, nos valora, nos tiene en cuenta. ¡Cuántos no valen nada para sus familias! ¡Cuántas madres y padres, personas valiosas, son despreciados por sus hijos, mirados en menos, no tenidos en cuenta! Y cuántos hijos son entorpecidos en su crecimiento y desarrollo por sus padres. En la comunidad no pasa eso, hay incremento y desarrollo para todos sus integrantes. La comunidad, es el espacio para ser como se es, que el Padre ha creado para nosotros. (Ver mis Cartas Cuatro y Dos)

La sociedad cambiaría muy rápidamente si nos fuéramos uniendo de a “dos o tres conducidos juntamente en su presencia”. No habría estafadores ni estafados, mentirosos ni engañados; no habría desamparados, ni indigentes, ni mendigos. No nos digamos mentiras, pero tanto en el matrimonio como en la familia, el “amor” lo tenemos que comprar, tenemos que comportarnos y ser como el otro quiere que sea, muchas veces a costa de nuestra identidad, personalidad y esencia. La familia funcionaría bien, pero bien bien, como el Señor la creó, si la familia fuera comunidad donde todos se “condujeran juntamente en su presencia”, pero no en el nombre de una institución religiosa humana, sino en el nombre, en la presencia del Señor. Y también es verdad que muchas de las personas que hacen insoportable la vida en un hogar, no faltan nunca a los rezos y cultos sabáticos y dominicales de las diferentes iglesias. También es verdad que la gran mayoría de los que rigen el destino de las naciones, que hoy se encuentran tan mal, en sus discursos nombran a Dios y no faltan a las ceremonias religiosas de entierros, inauguraciones y bendición de guerras, la plaga de los últimos siglos. No habría madres y padres abandonados, no habría hijos perdidos si la familia se convirtiera en comunidad “conducida juntamente en su presencia”. Me dirán que es una utopía lo que estoy diciendo. Si, es utopía porque no está en nuestras manos, sino en las manos del Señor recibir el don de la comunidad. El ser humano ha demostrado durante varios miles de años que por inteligente y sagaz que sea, si no está unido a otros en el Señor, termina haciendo de la creación lo que en este momento estamos viviendo y viendo: destrucción, rivalidad, poderíos, colonizaciones, miedo, esquizofrenias y tantas más realidades dolorosas que han hecho que la humanidad esté privada de las alegrías naturales, de los goces simples, de los bienes modestos. La sociedad está invitando a toda la juventud a buscar el amor donde no es, a buscarlo como no es. Hoy se busca el amor con una sonrisa de pasta de dientes famosa; con bebidas en botella; con cuerpos sexuales, con miradas seductoras, con ropa sexi, con autos, con estudios, con hablar otros idiomas, con regalitos y con tantas otras superficialidades que lo único que hacen es alejar más a la persona de sí misma y por supuesto de Dios.

La sociedad de hoy es pura competencia, pura rivalidad, pura amenaza. La armonía que el Padre Dios quiere para nosotros ha desaparecido de nuestra cotidianidad. El incremento que el Padre Dios quiere que nos hagamos los unos a los otros, ha muerto. “La amistad del mundo es enemistad contra Dios y cualquiera, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Stg. 4,4). Y el que es solidario con los demás es tomado para la burla y desechado por estúpido. Las comunidades religiosas, de la denominación que sean, se han convertido en refugios para solitarios, para vivir su soledad en compañía, pero no son lugares donde sus miembros compartan en alegría, esperanza y lucha diaria el gozoso placer de fomentar el Reino de Dios entre ellos y entre los de afuera. No se ve en ellas ese amor que nos dará testimonio de la existencia del Padre Dios y de su Hijo. Muchas buenas obras si, dan comida, vestido, curan enfermedades pero no les dan el alimento y la bebida que les quitará el hambre y la sed para siempre. “Jesús es el pan de vida; el que a él va, nunca tendrá hambre; y el que en él cree, no tendrá sed jamás, porque él es el pan de vida” (Jn. 6,35.48). No les dan a Jesús ni a su Palabra. Digo esto porque lo he vivido y lo he vivido intensa y activamente.

Tenemos que “conducirnos juntamente en la presencia del Señor” personas comunes y corrientes. Hombres, mujeres, hombres y mujeres, con la familia o sin ella, con trabajo o sin él; con dinero o sin dinero; es lo único que salvará a la humanidad y que hará que el Señor regrese pronto y que nos haga exclamar desde el fondo de nuestro corazón: “¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! ¡Maranatha!” (Ap. 22,20b).

El verdadero amor sólo se vive en comunidad. Muchos dirán que esto no es cierto. Si lo dicen es porque no lo han experimentado, no lo conocen, no viven comunidad. En ella no hay que comprar el cariño de nadie, nos pertenece a todos. No hay que seducir a nadie, todos hemos sido seducidos por el Señor. No hay que obedecer a nadie, todos somos gobernados por el Señor. Hay que vivirlo para saberlo. La soledad está destruyendo al ser humano “conformado a imagen y semejanza del Padre Dios” (Gn.1,27), todos se esfuerzan por gustar, por conquistar, por lograr un otro que los acompañe y esto termina en divorcios, anulaciones o en la sujeción irrestricta al más fuerte en detrimento de todo lo que la persona es.

Los países más pobres entregan todos sus recursos naturales a los más ricos; los países poderosos se enseñorean de los débiles con o sin el consentimiento de las demás naciones de la tierra. Las religiones ejercen monopolio sobre las conciencias de sus adeptos y no logran sino hacerlos “doblemente merecedores del infierno”.(Mt. 23,15b, ver mi Quinta Carta). Y la solución, simple y a nuestro alcance, está en la formación de comunidades, en las que “los verdaderos adoradores del Padre adoren al Padre en espíritu y en verdad, porque el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren” (Jn. 4,23-24). Comunidades hermanas entre ellas porque son hijas del mismo Padre al que “adoran es espíritu y en verdad”. El Padre lo hizo así en los inicios de nuestra formación; de una sola comunidad, la de Israel, formó doce comunidades hermanas entre ellas, las doce tribus de Israel.

Son millones y millones las personas que están sin iglesia a la cual acudir, sin partido político, sin personas a las cuales unirse porque el Dios que ellos tienen en su corazón, el verdadero Dios, el que recibimos en nuestra esencia, es totalmente diferente a la propuesta espiritual y económica que hacen las iglesias y los gobiernos. Cuántos grandes empresarios del mundo, los que manejan las finanzas de los países, piensan de una manera en sus reuniones internacionales, pero en confidencia al amigo piensan de manera diferente. En el mundo, la sociedad y las iglesias, gobierna el dinero. En la comunidad gobierna el amor del Señor “en medio de todos”, porque “donde hay dos o más que se conducen juntamente en su presencia, ahí está El”.

 

 

 

 

HOME - INTRODUCCIÓN - LA BIBLIA
CARTAS: 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13

Copyright ©2001-10 • Escríbenos a sabina1111@jesuspalabra.cl