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JESUS TUVO COMUNIDAD |
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Lo primero que hizo Jesús cuando empezó su vida de servicio a
la humanidad, fue decir que “el
tiempo del Padre Dios se había cumplido, y que el reino de Dios se había
acercado; que unidos a El pensaran diferente; que revirtieran la decisión
inicial y que se dejaran impregnar por su buen mensaje”
(Mc. 1,15). Luego de decir esto, “andando
junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés su hermano, que echaban la
red en el mar; porque eran pescadores. Y Jesús les dijo que fueran en pos de
El, y haría que fueran pescadores de hombres. Y ellos, dejando luego sus
redes, le siguieron. Pasando de allí un poco más adelante, vio a Jacobo hijo
de Zebedeo, y a Juan su hermano, también ellos en la barca, que remendaban
las redes. Y luego los llamó; y cortando las ataduras con su padre Zebedeo,
quien se quedó en la barca con los jornaleros, le siguieron”
(Mc.1,15-20). Comunidad fue lo primero que hizo Jesús. Fue desde la comunidad
que formó con los doce apóstoles, que El realizó sus prodigios; fue desde
ella que predicó los mensajes de su Padre y desde ella hizo la voluntad de su
Padre. Fue a la comunidad a la que le entregó sus más grandes revelaciones y
fue con ella con la que recorrió todo Israel enseñando y aclarando todas las
verdades de Era a su comunidad a la que le explicaba las parábolas, porque “a la demás gente les hablaba muchas cosas por parábolas” (Mt. 13,2-3), y terminaba la parábola diciéndoles que “el que tuviera oídos para oír, que oyera” (Mt. 13,9). Alguna razón tenía Jesús para hablar claramente a su comunidad y no a los demás. Cuando la comunidad de sus discípulos le preguntó que por qué “les hablaba a los demás por parábolas, él les respondió diciendo que a ellos les era dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a los otros no les era dado. Porque a cualquiera que tuviera se le daría, y tendría más; pero al que no tenía, aún lo que tenía le sería quitado. Que por eso les hablaba en parábolas, porque los demás, viendo no veían y oyendo no oían ni entendían. Les dijo que en los demás se cumplía la profecía de Isaías que dijo que de oído oirían y no entenderían; y viendo verían, y no percibirían. Porque el corazón de este pueblo se había engrosado, y con los oídos oían pesadamente, y habían cerrado sus ojos para no ver con los ojos ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, y así cambiar de decisión para él sanarlos. Pero que los ojos de ellos, de su comunidad, eran bienaventurados porque veían y también sus oídos eran bienaventurados porque oían, ya que muchos profetas y justos anhelaron apasionadamente ver lo que ellos veían, y no lo vieron; y oír lo que ellos oían y no lo oyeron” (Mt. 13,10-17). Las demás personas estaban centradas en su egoísmo y en sus convicciones personales; en sus opiniones y en una opción central por sí mismos, no querían formar comunidad porque para formar comunidad se necesita renunciar a sí mismo, a los criterios personales, planes y tener “un mismo sentir en Cristo Jesús” (Ro. 15,5). Para formar comunidad hay que “sentir lo mismo, tener el mismo amor, ser unánimes, sentir la misma cosa” (Fil. 2,2). En comunidad tenemos que estar todos “armados del mismo pensamiento” (1P. 4,1b), porque si unos piensan una cosa y otros otra, quiere decir que no es el Señor quien está poniendo su pensamiento en todos, porque si fuera el Señor quien estuviera poniendo su pensamiento en todos, todos pensarían igual. Y es esta igualdad de pensamiento la que hace que los proyectos y planes del Señor se lleven a cabo, florezcan y fructifiquen para bien de todos. En la comunidad todos tenemos que “sentir lo mismo”, porque es el sentir del Padre el que invade nuestros corazones y nos hace movilizarnos para realizar lo que El quiere. Si alguno piensa o siente algo diferente a la mayoría de la comunidad, quiere decir que alguna parte de “su ojo no ve y de su oído no oye”. El Señor nos dice que “todos seamos uno, con un mismo pensar y un mismo sentir”, y por supuesto que se refiere a todo lo de El, a todo lo de su Reino, a todos sus valores y principios. Se refiere a los planes y proyectos que El quiere ejecutar por medio de la comunidad. Pero si lo pienso mejor, también a la forma de vestir, porque “no vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre ropa de mujer; porque abominación es al Padre nuestro Dios cualquiera que esto hace” (Dt. 22,5) y El quiere que “las mujeres nos vistamos con ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad” (1Ti. 2,9-10). Pero el mundo nos dice todo lo contrario, que cada uno tiene que pensar de manera diferente, que todos no somos iguales, que cada cual se vista como le parezca y tantas cosas por el estilo que están en oposición directa a lo que el Señor quiere. ¡Claro que al Señor le importa la forma como nos vestimos!, en nuestra forma de vestir también reflejamos a qué pertenecemos. Y “son las buenas obras” las que mejor nos visten. Si miramos bien el mundo, encontramos que las personas
religiosas están más unidas a sus iglesias, denominaciones y pastores que al
Señor y su Palabra. Es más, poco o nada conocen de
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