COMUNIDAD, OBRA DEL PADRE

 

 

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Con Jesús, “en medio de los que nos conducimos juntos en su presencia”, “sentimos lo mismo, tenemos el mismo amor, tenemos el mismo ánimo y sentimos una misma cosa. Nada hacemos por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimamos cada uno a los demás como superiores a nosotros mismos; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros” (Fil. 2,2-4). Esto es amar verdaderamente; esto es Jesús en medio de nosotros.

Comunidad es la gran obra del Padre y del Hijo, es su milagro. El mismo pensar entre todos para actuar; el mismo sentir entre todos para reaccionar; unánimes en planes y proyectos. La comunidad es un nido, es un cofre en el cual el Padre nos guarda en su compañía para que hagamos todos juntos lo que El desea.

La comunidad es un regalo de Dios. No es una asociación de personas que se reúnen para lograr un fin o un objetivo. No es una fundación bajo el nombre de alguien para desarrollar tal o cual carisma que tiene o tuvo la persona. La comunidad tiene como único fundador al Padre Dios, a Jesús y a su Espíritu Santa. Son ellos los dueños, los guías, los conductores, los que proponen planes, proyectos, caminos, paseos y diversiones. Ellos son el centro de la comunidad de quienes brotan lazos de luz que nos atan a todos los miembros a ellos y entre nosotros. No hay obediencia a alguien, todos obedecemos a todos. No hay un jefe, todos somos jefes cuando es la Espíritu Santa quien inspira algo a alguien y los demás sabemos que esa idea viene de Dios. La Palabra de Dios nos guía y “tenemos su nombre en nuestra frentes” (Ap. 22, 4). En la comunidad no hay ningún solitario ni desamparado; no hay ningún incomprendido o resentido; no hay nadie que critica ni en silencio ni en palabras a nadie, porque nos amonestamos y aceptamos con sencillez las correcciones que son para hacernos crecer y salir de nuestras pequeñeces. En la comunidad todos somos imperfectos y todos lo sabemos, nos toleramos con sencillez, después de comprobar que hay cosas en nosotros que no podemos cambiar.

El Padre Dios nos ha hecho “a su imagen, conforme a su semejanza” (Gn. 1,26), y El es comunidad. Comunidad de tres, el Padre, el Hijo, y la Espíritu Santa. Comunidad para servirnos a nosotros los humanos y a toda la creación. Comunidad con misiones específicas cada uno de ellos; el Padre crea el universo, el Hijo lo salva del misterio de la iniquidad y la Espíritu Santa lo transforma para recrearlo como el Padre lo creó. (Ver mis cartas anteriores para no volver a repetir lo que ya está dicho). La creación está hecha en forma de comunidad. Comunidades de astros, comunidades de plantas, comunidades de animales y los seres humanos en nuestros inicios también vivíamos en comunidad. Cazábamos en comunidad, nos desplazábamos de un lugar a otro en comunidad, sembrábamos y plantábamos en comunidad, defendíamos nuestro territorio en comunidad. Los seres que el Padre creó somos seres comunitarios.

El Padre Dios no eligió un pueblo entre todos los que ya existían en la tierra cuando se contactó con Abram. No, por medio de Abram se formó un pueblo para El y con éste pueblo hizo comunidad (Ver mi Carta Dos). Se formó una comunidad donde El es el centro y esta comunidad aún subsiste. Con esta comunidad de Israel, recorrió el desierto durante cuarenta años; con ella entró en la tierra de Canaán y con ella se estableció en la tierra que les había prometido. La primera obra que el Padre hizo fue formarse una comunidad donde El fuera el centro y donde cada uno de sus miembros pudiera experimentar su presencia, su acción, su solidaridad, su lealtad y su misericordia. No fueron los primeros que se relacionaron con el Padre Dios, personas aisladas que tenían un contacto personal y único con el Padre. Fueron personas que se relacionaban comunitariamente con el Padre, hasta el punto de que si uno fallaba, fallaba toda la comunidad, y entonces, “Aarón recibía de la comunidad de los israelitas dos machos cabríos para el sacrificio por el pecado, y un carnero para el holocausto. Después de ofrecer su novillo por el pecado como expiación por sí mismo y por su casa, tomaba Aarón los dos machos cabríos y los presentaba ante YHVH el Padre Dios” (Lv. 16,5-7, ver mi Sexta Carta).

El Padre tuvo relaciones personales con algunos. Abraham, Jacob, Moisés, Josué, David, todos los profetas, y muchos más, pero esta relación personal tenía como fin llevar sus mensajes y sus planes a la comunidad. Eran sus líderes y la comunidad los escuchaba y seguía. La comunidad les creía. Al profeta Isaías el Padre Dios le dice: “Habla al corazón de Jerusalén; dile a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado...” (Is. 40,2a.b). A veces creemos que el Padre se comunica sólo con personas especiales y empezamos a ver a esas personas como seres privilegiados por Dios. Pero no, el Padre cuando se comunica con alguien, lo hace para que esa persona trasmita lo que El quiere a la comunidad, no es para que la comunidad admire de manera especial a esa persona, sino para que esa persona trasmita lo que el Padre quiere hacer y decir. El Padre Dios llamaba a algunos, no para ser personas especiales para El, sino para llevarle su mensaje a la comunidad de Israel.

 

 

 

 

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