"CONDUCIDOS JUNTOS EN SU NOMBRE"

 

 

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“Otra vez les digo, que si dos de vosotros suenan simultáneamente en la tierra, demandando sobre toda cosa debida, les será hecho de parte de mi Padre en los cielos. Porque donde hay dos o tres conducidos juntos en mi presencia, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18,19-20). Jesús no habló de ponerse de acuerdo para pedir algo, El habló de “sonar simultáneamente”, como los instrumentos de una orquesta. No habló de pedir, sino de “demandar toda cosa debida”. No dijo de dos o tres reunidos en su nombre, sino de “dos o tres conducidos juntos en su presencia”. Cambian las palabras, cambia el sentido del mensaje (por lo cual voy a usar en esta Carta la traducción literal de las palabras originales en hebreo o griego. Esto hará que en algunas ocasiones los textos parezcan diferentes a los textos de las traducciones tradicionales, pero con su sentido enriquecido). No basta con ponerse de acuerdo, hay que ser orquesta que marche al son del mismo compás, y el compás es El. No se trata de pedir todo lo que se nos ocurra, lo que el Padre quiere es que le “demandemos sobre toda cosa debida”, y para saber qué es lo debido que debemos demandarle, tiene que orientarnos la Espíritu Santa porque es Ella quien nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de demandar como conviene, no lo sabemos, pero la Espíritu Santa intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Ro. 8,26, ver mis Cartas anteriores). El Padre quiere que le demandemos nuestros derechos; derechos que nos otorga el “conducirnos juntos en la presencia de su Hijo”. Pero “conducirnos juntos” es ir con otros y con El por su Camino. No es sólo cumplir ritos, celebrar cultos y rezar oraciones de memoria “con nuestros labios, mientras nuestro corazón está lejos de El. Pues en vano lo honramos enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. Porque dejando el mandamiento de Dios nos aferramos a las tradiciones de los hombres” (Mr. 7,6-8a). ¡Cuántos de los que van a los cultos, ritos y rezos de sábados y domingos de las diferentes iglesias, no se conocen y tampoco conocen al Señor! Van a cumplir ritos, cultos y rezos que son impuestos por sus iglesias a través de mandamientos que amenazan penas horrendas al no cumplirlos. Van a los cultos religiosos, pero no son comunidad donde el Señor se pueda sentir a gusto para mostrar todas sus habilidades y maravillas.

“Conducirnos juntos en su presencia”, es compartir con otros la persona del Señor, su amistad, su alegría, sus planes, sus proyectos, sus trabajos; conocerlo en su Palabra y en sus manifestaciones permanentes de amor en nuestro andar cotidiano; es sorprendernos por todo lo que hace a diario y momento a momento para mantenernos enamorados de El y de aquellos con quienes nos “conducimos juntos en su presencia”. Jesús quiere comunidad y la forma con quienes la anhelan, la quieren y la buscan. Nos va amoldando a El, para que podamos amoldarnos entre los que formamos la comunidad.

Jesús no nos quiere solos; nos quiere con otro o con otros “conducidos juntos en su presencia”. Le basta que otro, sólo uno más, vaya a nuestro lado por Su Camino y entonces, “El estará en medio de nosotros” manifestándose, obrando, actuando. Comunidad es el espacio que El se crea para poder realizarse, presentarse y actuar como Dios.

¿Cómo puede Jesús, que es Amor, hacer que el amor se mueva entre nosotros si estamos solos? ¿Cómo va a conducirnos por el Camino hasta el Padre, sin otro u otros que nos acompañen en armonía total, “sonando simultáneamente” como los instrumentos de una orquesta, en el camino que tenemos que recorrer durante nuestra vida? Porque “mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! Que cuando cayere no habrá segundo que lo levante. También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas, ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y el cordón triple no se rompe pronto” (Ecl. 4,9-12). Por supuesto que no se puede romper, porque el tercero que está entre los dos que van juntos, es el Señor. Y, “si el Padre Dios es por nosotros,¿quién contra nosotros?... ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Antes, en todas estas cosas estamos sobre y por encima de toda conquista, somos victoriosos en grado sumo, triunfadores en forma absoluta por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estamos seguros de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8,31.35.37-39). Nadie ni nada puede separar a “dos o tres que se conducen juntos en su presencia”, que lo han dejado formar comunidad con ellos, entrar en sus vidas, divertirse, jugar, trabajar, sufrir, vivir los dolores y las enfermedades con ellos.

Comunidad es lo que busca el Padre; comunidad es lo que anhela Su Hijo Jesús y comunidad es lo que quiere Rúajk, la Espíritu Santa. Pero comunidad en la que estemos todos en armonía y sincronización con El. Comunidad en la que “la gloria que el Padre le dio a Jesús y que El la dio a los que se conducen juntos en su presencia, hace que sean uno, así como ellos son uno. Jesús es uno con los que se conducen juntos en su presencia, y el Padre es en Jesús, para que los que se conducen juntos en su presencia sean perfectos en unidad y el mundo conozca que el Padre envió a Jesús y que el Padre ha amado a los que se conducen juntos en la presencia de Jesús como también a Jesús lo ha amado el Padre. Donde Jesús está, también están con El los que se conducen juntos en su presencia, para que se vea la gloria que el Padre le ha dado a Jesús porque lo ha amado desde antes de la fundación del mundo” (Jn. 17,22-24). Jesús quiere “que todos los que se conducen juntos en su presencia, sean uno; como el Padre en Jesús y Jesús en el Padre; que también todos los que se conducen en su presencia sean uno en el Padre y en Jesús, para que el mundo crea que el Padre envió a Jesús” (Jn. 17,21). El lo que busca y desea es que “los que se conducen juntos en su presencia, sean perfectos en unidad” y es El quien perfecciona la unidad.

Y es que “el Padre de la paciencia y de la consolación nos da el mismo sentir según Cristo Jesús, a los que nos conducimos juntos en la presencia de su Hijo, para que unánimes, a una voz, glorifiquemos al Dios y Padre del Señor Jesús y nos tomemos para nosotros mismos los unos a los otros como también Jesús nos tomó para sí, para gloria del Padre” (Ro. 15,5-7). No dice Pablo que nos recibamos los unos a los otros, dice “que nos tomemos para nosotros mismos”. En comunidad nos pertenecemos los unos a los otros; somos de nosotros y de los otros, porque “Jesús nos tomó para sí” y la comunidad y cada miembro de ella es de El, y unos de los otros. Nos pertenecemos para incrementarnos los unos a los otros con lo que cada miembro es y tiene; para hacer que nos desarrollemos, para fomentar y multiplicar los dones y talentos de cada uno, porque en la comunidad no se compite ni se envidia y el aporte de cada uno, a la que enriquece y hace crecer, es a la comunidad, que como consecuencia refleja la gloria del Padre y hace exclamar a los que la ven: “miradlos cómo se aman”.

 

 

 

 

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