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Esta Carta Trece es un testimonio. No es un
tema bíblico. Es experiencia vivida en el Camino del Señor. Ella contiene
algo sobre el fruto que brota en nuestra vida al dejarnos penetrar por el
Señor.
Llega un momento en nuestra madurez cristiana en que
dejamos de usar al Señor para pedirle favores y bendiciones. Llega un momento
en que El deja de ser para nosotros el Señor que hace milagros, aún cuando
los sigue haciendo, para crecer dentro de nuestro ser y convertirse en el
Compañero de nuestra vida. Ya no se trata de “tocarle el borde de su manto para ser
sanado” (Mr. 5,27-28), eso es sólo
el inicio de nuestra relación con El. Las relaciones maduran cuando son
verdaderas y esto también sucede en nuestra relación con el Señor.
Cuando nuestra relación con El madura, “él entra en su huerto, somos su hermana,
su novia; él recoge su mirra y sus aromas; come su panal y su miel, su vino y
su leche bebe” (Cant. 5,1a); y les
dice a sus amigos: “Comed,
amigos; bebed en abundancia, oh amados” (Cant. 5,1b). Cuando esto sucede, el Señor ya no es sólo
alguien a quien se le suplican beneficios y se le pide perdón; El pasa a ser
el amado a quien le cantamos con todo el corazón: “Llévame en pos de ti: ¡Corramos! El Rey me
ha introducido en sus mansiones; por ti exultaremos y nos alegraremos.
Evocaremos tus amores más que el vino; ¡con qué razón te amamos!” (Cant. 1,4). El Señor deja de ser nuestro objeto de culto y se
convierte en nuestro Amado, en nuestra motivación de existir “porque en él vivimos, nos movemos y
somos” (Hch. 17,28a).
Este amor que nos une a El, crea un vínculo irrompible con
otras personas que viven el mismo amor. No podemos dejar de unirnos para
compartir la gran motivación de nuestras vidas que es el amor que se mueve
entre el Señor y nosotros; y brota, como fruto maduro del amor, la comunidad. En la comunidad el
Señor no tiene predilectos, cada uno es su preferido porque “sesenta son las reinas, y ochenta las
concubinas e innumerables las doncellas. Mas una es la paloma mía, la
perfecta mía” (Cant. 6,8,9a). Una
vez que se ha llegado a este punto de la relación, lo único que se anhela es
hacerle bien al Amado; hacer lo que El diga; acompañarlo en todo lo que El
haga en unión de “las
sesenta reinas, las ochenta concubinas y las innumerables doncellas”; en unión de la comunidad, que con este amor como fundamento,
El mismo edifica.
Esta Carta Trece es una buena noticia sobre la comunidad, pero como lo he
dicho, la comunidad que el Señor forma entre las personas que se aman, porque
lo aman. Es un misterio grande del amor el que no haya rivalidades, ni celos,
ni envidias cuando se ama al Señor. No se pelea por ser el único amor del
amado; todo lo contrario, el corazón se llena de regocijo cuando surgen más
personas que lo aman, pero que lo aman de verdad y se unen para servirlo y
acompañarlo.
Muchas gracias.
Sabina Vélez Hurtado
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