LA PENA PARA EL VIOLADOR

 

 

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Nuestro sistema judicial castiga a los violadores con el presidio. En el caso de los sacerdotes, no es así. A los sacerdotes, según la ley, debería aplicárseles el mismo régimen penal general, porque ellos no tienen ninguna investidura especial que los proteja de que se les apliquen las sanciones que pide la ley. Pero ellos salen librados porque tienen muy buenas asesorías jurídicas que piden, en caso de que se los juzgue, un tratamiento especial para ellos. Permanecen en una casa de retiros campestre durante el tiempo que dura el proceso y si al cabo del tiempo que determina la ley, no se ha dictado un veredicto, el sacerdote queda libre de culpa.

Además, todos sus compañeros de sacerdocio, están obligado a apoyarlo porque entre ellos existe un código de lealtad que los obliga a entender los delitos de su compañero como “debilidades pasajeras de la carne y de su naturaleza humana caída”. Se ponen, por “lealtad”, una venda ante los ojos para no comprometerse con la verdad, ni con el daño hecho al niño por su compañero sacerdote, porque si ellos les exigen enfrentar su delito, también pagarían las consecuencias y serían trasladados a otro lugar.

Pero ya son muchas las voces que se levantan en todo el mundo contra los sacerdotes violadores de niños. La mía no es la primera, ni será la última. La humanidad, en su proceso de madurez, se quiere quitar de encima todos los poderes que oprimen sus derechos, sus capacidades, su conciencia y su libertad. Cuando vemos en los medios de comunicación tantas noticias sobre la pedofilia sacerdotal, estamos también viendo la señal de que la humanidad se está liberando del miedo ancestral que le tiene a la clase sacerdotal. Ellos merecen respeto, admiración y escucha, son personas que entregaron su vida al Señor; pero respeto no quiere decir miedo y mucho menos silencio cómplice ante casos tan abominables de la violación de niños, los predilectos del Señor, en manos de un sacerdote.

Jesús dice con mucha claridad en Mateo 18, 7-9, lo que hay que hacer cuando se tiene una tendencia a hacer “tropezar” a otro: “¡Ay del mundo por sus piedras de tropiezo! Porque es inevitable que vengan piedras de tropiezo; pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!
Y si tu mano o tu pie te es ocasión de pecar, córtatelo y échalo de ti; te es mejor entrar en la vida manco o cojo, que teniendo dos manos y dos pies, ser echado en el fuego eterno.
Y si tu ojo te es ocasión de pecar, arráncatelo y échalo de ti. Te es mejor entrar en la vida con un solo ojo, que teniendo dos ojos, ser echado en el infierno de fuego”
(ver mi Quinta Carta sobre el tema del infierno).

¿No sería mucho más fácil y sano que cuando un hombre, o una mujer se dan cuenta de que tienen tendencia a abusar sexualmente de los niños, no entraran a la vida sacerdotal o religiosa? ¿No sería mucho más honesto con el Señor, retirarse de la vida consagrada, cuando aparezcan estas tendencias? ¿No sería sano y evitaría muchas tragedias, que los encargados de seleccionar a las personas que entran a la vida religiosa, no se hicieran las desentendidas ante ciertos amaneramientos afeminados o masculinizados, que podrían ser señal de posibles violadores de niños? Sabemos, por siquiatras y doctores, que el mal de la pedolfilia no tiene cura. Tenemos el caso del hombre que en Estados Unidos está preso y pidiendo la pena de muerte para sí mismo, porque sabe que al salir de la cárcel lo repetirá ya que no puede evitarlo.

“El hijo honra a su padre, y el siervo a su señor. Pues si yo soy padre, ¿Dónde está mi honor? Y si yo soy el Señor, ¿dónde está mi temor? -dice el Señor de los ejércitos a vosotros sacerdotes que menosprecias mi nombre-. Pero vosotros decís: "¿En qué hemos menospreciado tu nombre?" Ofreciendo sobre mi altar pan inmundo. Y vosotros decís: "¿En qué te hemos deshonrado?” En que decís: "La mesa del Señor es despreciable” (Mal. 1,6-7). Esta Palabra del Señor se cumple al pie de la letra cuando un sacerdote luego de prácticas pedofílicas nos consagra el pan y el vino, en la Mesa del Señor...


“Y ahora, para vosotros, sacerdotes, es este mandamiento.
Si no escucháis, y si no decidís de corazón dar honor a mi nombre -dice el Señor de los Ejércitos- enviaré sobre vosotros maldición, y maldeciré vuestras bendiciones; y en verdad, ya las he maldecido, porque no lo habéis decidido de corazón.

He aquí, yo reprenderé vuestra descendencia, y os echaré estiércol a la cara, el estiércol de vuestras fiestas, y seréis llevados con él.

Entonces sabréis que os he enviado este mandamiento para que mi pacto siga con Leví -dice el Señor de los ejércitos-.(Ver mi Octava Carta sobre el pacto con Leví, de quien nació la case sacerdotal) Mi pacto con él era de vida y paz, las cuales le di para que me reverenciara; y él me reverenció, y estaba lleno de temor ante mi nombre.

La verdadera instrucción estaba en su boca, y no se hallaba iniquidad en sus labios; en paz y rectitud caminaba conmigo, y apartaba a muchos de la iniquidad. Pues los labios del sacerdote deben guardar la sabiduría, y los hombres deben buscar la instrucción de su boca, porque él es el mensajero del Señor de los ejércitos.

Pero vosotros os habéis desviado del camino, habéis hecho tropezar a muchos en la ley, habéis corrompido el pacto de Leví (el pacto de Dios con los sacerdotes) -dice el Señor de los ejércitos-.

Por eso yo también os he hecho despreciables y viles ante todo el pueblo, así como vosotros no habéis guardado mis caminos y hacéis acepción de personas en la ley” (Mal. 2,1-9).

 

 

 

 

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