¿QUÉ SIENTE UNA PERSONA VIOLADA?

 

 

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He conocido personas que han sido violadas en su infancia y como consecuencia de ello quedaron obligadas a buscar, compulsivamente, culpables por todo y para todo. Y en su doloroso daño, crean situaciones para poder seguir encontrando culpable de ellas a alguien. Su ser interno busca desesperadamente que se le haga justicia. Su necesidad de justicia no se calma; su dolor, angustia y desesperación por lograr justicia a toda costa y por lo que sea, no las deja vivir en paz. Tienen una vida desesperada y desesperanzada. Siempre están buscando culpables.

Me han tocado en estos treinta años muchos casos de padres de familia y con nietos, que a los 50 ó 60 años se reconocen homosexuales. Homosexualismo que se generó tras muchos actos de violación por parte de un sacerdote. La consecuencia es buscar el matrimonio como refugio a su silencioso daño y hacer desgraciada a una familia entera.

Y los que creen que Dios es una idea y no es una Persona ya deben estar diciendo que yo estoy excomulgada. Esto no es verdad. Si no excomulgan a un sacerdote por violar hasta a trescientos niños, ¿cómo me van a excomulgar a mí por decirlo?

Lo que yo he ido haciendo durante varios años y en las once Cartas anteriores a ésta, es preguntarle continuamente a nuestra Iglesia Católica por qué hay tanta diferencia entre la doctrina de la Iglesia y la Sagrada Escritura. He demostrado en mis Cartas, que mucha de la doctrina que nos enseñan se contrapone a la Sagrada Escritura, y en algunos casos, no aparece ningún vestigio de nuestra doctrina en la Sagrada Escritura. No he obtenido ninguna respuesta de la Iglesia a mis innumerables preguntas. La única respuesta ha sido la persecución sistemática y la calumnia permanente. Dicen que escribo porque estoy resentida, tampoco es verdad. Lo que sí es verdad es que estoy llena de dolor por todo lo que hace nuestra Iglesia en el nombre del Señor ante nuestra mirada complaciente. Somos personas que ni pensamos, ni analizamos, ni confrontamos las doctrinas que nos enseñan, con la Sagrada Escritura; desconocemos totalmente la Palabra de Dios y como consecuencia de esta ignorancia, no conocemos a Dios (Rom. 10, 17; Jn. 1,1; ver mis Cartas número Cuatro y Ocho sobre la Palabra de Dios). Y a quienes preguntamos algo se nos llama inmediatamente “protestantes” y “perseguidores de la Iglesia”. ¡Qué pena, qué pequeñez, me duele el dolor del Señor!

Pero no estamos hablando de mí. Estamos hablando del Padre Dios y de sus niños violados por Sus hijos mayores; por sus hermanos mayores. Estamos hablando de nuestro silencio alcahuete, de nuestras manos cruzadas ante miles y miles (me gustaría decir millones) de hijos de Dios dañados, corrompidos, destruidos y convertidos en nuevas fuentes de maldad y corrupción para otros niños. "Si un sabio te muestra el sol, no te quedes mirando el dedo", decía el otro sabio. Tampoco voy a hablar del padre tal o del padre cual; la conciencia de cada uno le lleva la cuenta de los niños que ha violado. Pero yo he sido testigo de personas que han tenido que ir a la misa de 8.30, con el sacerdote que las ha violado la noche anterior. Yo he visto cómo la conciencia de ellas, no los deja comulgar, mientras el sacerdote que abusó de ellas predica, consagra, comulga y reparte la comunión. He asistido a su lucha interna entre si están en pecado o no. He ayudado a las personas que, luego de ser violadas por un sacerdote, éste les ha dado argumentos tales como que "el Señor te está sanando de tu problema sexual"; "el Señor me está sanando de mi problema con mi padre"; "el Señor me está sanando de mi problema con mi madre"; "tú eres instrumento de sanación para mí, porque mi padre nunca me dio cariño"; "tú eres instrumento de liberación para mí, porque mi madre nunca me dio cariño"; y luego de la violación y su argumento, sigue la Eucaristía, donde el sacerdote, libre su conciencia de mal, consagra el Cuerpo del Señor que su víctima no podrá recibir porque no tiene el entrenamiento sicológico para convertir el mal en bien.

Conozco sacerdotes que han dejado embarazadas niñas y han sido trasladados urgentemente a otras diócesis, con la orden de no buscar nunca más a la niña y mucho menos conocer el hijo. La he visto a ella reclamar la paternidad responsable del sacerdote, y a él y a sus superiores, negarla. He visto sacerdotes hablar de la responsabilidad del papá, mientras una niña en otra ciudad está dando a luz a su hijo, a quien el sacerdote niega y abandona.

Dirán que lo digo no vale porque no estoy dando nombres. Me pedirán que lo compruebe. No haré ninguna de las dos cosas. No es necesario. La conciencia abierta y arrepentida de los que han hecho estos actos lo sabe y actuará conforme a lo que tiene que hacer para remediar en parte los daños hechos.

He visto sacerdotes acosando sexualmente a niñas y a niños. He hablado con ellos, ellos lo saben. Me han prometido no repetirlo, lo han hecho. He hablado con sus superiores, con sus directores, he recurrido a obispos y siempre me han dicho que no hable más de eso, que me dedique a lo mío, que ellos se van a encargar. Nunca ha pasado nada, los hechos vuelven a repetirse y yo termino como calumniadora y mentirosa.

He visto a mujeres consagradas al Señor violar niñas, usarlas para sus fines sexuales. Me han pedido ayuda, he recurrido a los sacerdotes responsables y me han contestado que todo es un invento mío. No han hecho nada, las niñas siguen destruidas.

Ya no puedo callar más. He visto fiestas de sacerdotes y religiosas con abundancia de licor, que se convierten en fiestas de disfraces y tras sus disfraces liberar su sexualidad. Consternada y dolorosamente agredida por estos hechos, hablé con el sacerdote director encargado para que me ayudara a entender esto y su única respuesta fue expulsarme del instituto donde todos éramos estudiantes.

¿Qué me va a suceder por decir todas estas cosas? Quizas lo que denuncio en mi Primera y Segunda Cartas. Quizás algo más. Le pido al Señor que me proteja y me fortalezca, me quite el miedo que tengo, el pavor que tengo, y me dé la valentía que necesito para “dar testimonio de lo que he visto y sé” (Lev. 5,1).

Muchas son las noticias que nos anuncian la gran cantidad de víctimas diarias en nuestra Iglesia. Todos lo sabemos. Todos lo callamos.

 

 

 

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