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¿QUÉ SIENTE UNA PERSONA VIOLADA?
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He
conocido personas que han sido violadas en su infancia y como consecuencia de
ello quedaron obligadas a buscar, compulsivamente, culpables por todo y para
todo. Y en su doloroso daño, crean situaciones para poder seguir encontrando
culpable de ellas a alguien. Su ser interno busca desesperadamente que se le
haga justicia. Su necesidad de justicia no se calma; su dolor, angustia y
desesperación por lograr justicia a toda costa y por lo que sea, no las deja
vivir en paz. Tienen una vida desesperada y desesperanzada. Siempre están
buscando culpables. Me
han tocado en estos treinta años muchos casos de padres de familia y con
nietos, que a los 50 ó 60 años se reconocen homosexuales. Homosexualismo que
se generó tras muchos actos de violación por parte de un sacerdote. La
consecuencia es buscar el matrimonio como refugio a su silencioso daño y
hacer desgraciada a una familia entera. Y
los que creen que Dios es una idea y no es una Persona ya deben estar
diciendo que yo estoy excomulgada. Esto no es verdad. Si no excomulgan a un
sacerdote por violar hasta a trescientos niños, ¿cómo me van a excomulgar a
mí por decirlo? Lo que yo he ido haciendo durante varios años y en las
once Cartas anteriores a ésta, es preguntarle continuamente a nuestra Iglesia
Católica por qué hay tanta diferencia entre la doctrina de Pero
no estamos hablando de mí. Estamos hablando del Padre Dios y de sus niños
violados por Sus hijos mayores; por sus hermanos mayores. Estamos hablando de
nuestro silencio alcahuete, de nuestras manos cruzadas ante miles y miles (me
gustaría decir millones) de hijos de Dios dañados, corrompidos, destruidos y
convertidos en nuevas fuentes de maldad y corrupción para otros niños.
"Si un sabio te muestra el sol, no te quedes mirando el dedo",
decía el otro sabio. Tampoco voy a hablar del padre tal o del padre cual; la
conciencia de cada uno le lleva la cuenta de los niños que ha violado. Pero
yo he sido testigo de personas que han tenido que ir a la misa de 8.30, con
el sacerdote que las ha violado la noche anterior. Yo he visto cómo la
conciencia de ellas, no los deja comulgar, mientras el sacerdote que abusó de
ellas predica, consagra, comulga y reparte la comunión. He asistido a su
lucha interna entre si están en pecado o no. He ayudado a las personas que,
luego de ser violadas por un sacerdote, éste les ha dado argumentos tales
como que "el Señor te está sanando de tu problema sexual"; "el
Señor me está sanando de mi problema con mi padre"; "el Señor me
está sanando de mi problema con mi madre"; "tú eres instrumento de
sanación para mí, porque mi padre nunca me dio cariño"; "tú eres
instrumento de liberación para mí, porque mi madre nunca me dio cariño";
y luego de la violación y su argumento, sigue Conozco
sacerdotes que han dejado embarazadas niñas y han sido trasladados
urgentemente a otras diócesis, con la orden de no buscar nunca más a la niña
y mucho menos conocer el hijo. La he visto a ella reclamar la paternidad
responsable del sacerdote, y a él y a sus superiores, negarla. He visto
sacerdotes hablar de la responsabilidad del papá, mientras una niña en otra
ciudad está dando a luz a su hijo, a quien el sacerdote niega y abandona. Dirán
que lo digo no vale porque no estoy dando nombres. Me pedirán que lo
compruebe. No haré ninguna de las dos cosas. No es necesario. La conciencia
abierta y arrepentida de los que han hecho estos actos lo sabe y actuará
conforme a lo que tiene que hacer para remediar en parte los daños hechos. He
visto sacerdotes acosando sexualmente a niñas y a niños. He hablado con
ellos, ellos lo saben. Me han prometido no repetirlo, lo han hecho. He
hablado con sus superiores, con sus directores, he recurrido a obispos y
siempre me han dicho que no hable más de eso, que me dedique a lo mío, que
ellos se van a encargar. Nunca ha pasado nada, los hechos vuelven a repetirse
y yo termino como calumniadora y mentirosa. He
visto a mujeres consagradas al Señor violar niñas, usarlas para sus fines
sexuales. Me han pedido ayuda, he recurrido a los sacerdotes responsables y
me han contestado que todo es un invento mío. No han hecho nada, las niñas
siguen destruidas. Ya
no puedo callar más. He visto fiestas de sacerdotes y religiosas con
abundancia de licor, que se convierten en fiestas de disfraces y tras sus
disfraces liberar su sexualidad. Consternada y dolorosamente agredida por
estos hechos, hablé con el sacerdote director encargado para que me ayudara a
entender esto y su única respuesta fue expulsarme del instituto donde todos
éramos estudiantes. ¿Qué
me va a suceder por decir todas estas cosas? Quizas lo que denuncio en mi
Primera y Segunda Cartas. Quizás algo más. Le pido al Señor que me proteja y
me fortalezca, me quite el miedo que tengo, el pavor que tengo, y me dé la
valentía que necesito para “dar testimonio de lo que he visto y
sé” (Lev. 5,1). Muchas son las noticias que nos anuncian la gran
cantidad de víctimas diarias en nuestra Iglesia. Todos lo sabemos. Todos lo
callamos. |
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