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SEGUNDA PARTE |
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"Si alguien ha sido llamado a testificar, siendo testigo de lo que ha visto o sabe, y no lo declara, será culpable" (Lev. 5,1). Tengo que decir lo que he visto y sé. Ya no puedo guardar más
silencio, mientras la conciencia me reprocha mi cobardía y mi deslealtad con
el Señor. No puedo seguir analizando Esta Carta Doce es de responsabilidad solamente mía. Ninguna
otra persona tiene algo que ver con la aparición de ella. Es algo solamente
entre el Señor y yo. Sé que tendrá muchas consecuencias. Las buenas serán
apelar a la conciencia de tantos cristianos, ciegos o mudos, y tal vez
despertarlas. Las malas serán las persecuciones que no faltarán y que podrán
incluir, como lo he dicho en Pero no puedo callar por más tiempo, ni participar en un cobarde y desleal silencio cómplice, a la vejación, maltrato, burla y violación de los sentimientos del Señor Jesús. Todos sabemos el puesto que ocupan los niños en el Corazón de
Jesús. Somos testigos de Su inmenso Amor por ellos, de cómo los defendía,
sanaba, enseñaba, liberaba y hasta resucitaba. Los usó muchas veces como
figura para enseñarnos a los grandes acerca del Reino de los Cielos. El vino
para instaurar el Reino de los Cielos; a llevar a su plenitud Y los mayores estamos asistiendo a la destrucción de los niños con un silencio cómplice y pervertido. Nos muestran en las noticias diarias todo lo que le están haciendo a los niños y se convierte sólo en un comentario de pasillo, en un tema de mesa redonda o en un temor de padres de familia que no saben cómo actuar ante todo lo que está pasando. ¿Qué nos hace guardar tanto silencio? Miro mi corazón para responderme y tengo que confesar que tengo miedo, mucho miedo de lo que vayan a hacerme por lo que en esta carta estoy diciendo. Estoy segura que seré la voz de millones y millones de personas que también tienen miedo de hablar y comprometer su integridad por hacerlo. Estoy segura también que muchos de mis perseguidores estarán de acuerdo conmigo, pero el miedo a los altos poderes que hay detrás de todo esto, los obligará a hablar y actuar en mi contra y vale decir desde ya, que en su contra también. El peor miedo es el que lo hace a uno actuar en contra de sí mismo. No quiero dilatar más este miedo, ni tratar de hacer las cosas más suaves. Diré ya, lo que trataré en esta segunda parte, por su nombre. Hablaré de la violación sexual, que es también sicológica y espiritual, de niños y niñas por parte de sacerdotes y religiosas. Estoy enojada conmigo, y con todos los católicos y cristianos
y periodistas y Cuando surge algún chofer de vehículo recolector de niños abusando de ellos, nos indignamos hasta rasgar nuestras vestiduras y clamamos hasta por la pena de muerte para él. La misma reacción la tenemos para un profesos escolar, un pariente, el papá y cualquier otro que cometa este salvaje acto. Y, ¿por qué no tenemos la misma reacción para los sacerdotes? Muchos me contestarán frases como: "Son ministros del Señor"; “ellos también son humanos”; “'cómo se va a llevar a la cárcel a un sacerdote?”; “ellos también son de carne y hueso”; “son sólo unos pocos” y todos esos sofismas que no hacen sino apoyar el acto más criminal y perverso de todos: La violación de un niño por parte de un sacerdote. No es lo mismo ser violado por un tío, un chofer, o una persona cualquiera, incluido el papá. Cuando un niño está siendo violado por un sacerdote, se está violando su alma y su espíritu y está siendo violado nada más y nada menos que por el mismo Dios. Así lo vive el niño. Está siendo violado por la fuente de la bondad; por el origen del Amor; por la causa de la felicidad. Y si el más bueno es tan malo; tan malo como para ser capaz de violar un niño, ¿cuál camino de bondad podrá elegir este niño...?
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