LOS NIÑOS SON LOS QUE SABEN

 

 

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"En aquella ocasión, tomando la palabra Jesús dijo: Te doy gracias Padre y confieso a ti, Padre Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas fuera del alcance de los sabios, y de los estudiosos, y se las revelaste a los niños pequeños; sí, Padre, porque así fue el beneplácito delante de ti" (Mt. 11, 25-26). Aquí Jesús está diciendo algo que parece muy romántico, pero que no lo es. Los que tenemos experiencia con niños y la manera como ellos reciben al Padre Dios y Su Palabra, conocemos perfectamente de la sabiduría que tiene el niño para reconocer y captar el Reino del Padre. Un día un niño quería probar la hostia, insistía tanto que el papá habló con el sacerdote y le dieron una sin consagrar. Cuando la comió dijo: “no sabe a nada, puro Dios...”. Una niña preguntaba por el papá de Dios, le dijimos que siguiera pensando hasta entenderlo por ella misma. Seis meses después me comentó: “Ya sé, Dios es huérfano...”. Una niñita se peleaba con otra, le jalaba las trenzas, y la ofendida le dice: “Dios te va a castigar y te vas a ir para el infierno”; la otra le contesta: “No, porque mi Dios es perdonón...”. Un niño me preguntó: “Qué quiere decir invisible?” Le contesté: “por qué?” Me contestó: “porque me dijeron que Dios es invisible” Le pregunté: “Y, ¿qué crees tú?” Me respondió: “Dios es como una nube después que llueve...”. Así son los niños. Llevan impreso dentro de su ser a la Persona de Dios, están cerca de El, lo traen en sus células; lo conocen, lo experimentan. Luego crecen en hogares de padres que perdieron su relación genética con el Padre Dios y empiezan a relacionarlos con cultos, con conductas morales, con personas consagradas, con iglesias, con mandamientos, con castigos divinos y le van borrando al niño la información genética que trae sobre la Persona de Dios. Le matan esta relación básica, inicial, fundamental que el niño trae en sí, para lograr encontrar el Camino hacia la Vida, hacia la Verdad, hacia el desarrollo, hacia sí mismo y hacia los demás. Matándole a Dios desde su primera infancia, lo dejan en manos de sus otras informaciones genéticas, muchas de ellas del mundo de las tinieblas.

Ayer estuve conversando con tres niñas, y sin saberlo, sabían que “la semilla es la Palabra de Dios” (Lc. 8,11); que la Espíritu Santa es “el agua y la vida” (Jn. 7,37-38; Jn. 6,63) ; que nosotros somos “la tierra seca o la tierra fértil” (Mc. 4,20); que la Espíritu Santa es el fuego que nos purifica de todas nuestras contaminaciones” (Mt. 3,11; 1Cor. 3,12-13), así como el fuego purifica al oro de todas las escorias. Las mamás estábamos asombradas de lo que decían y respondían. Nunca, ninguna de nosotras podríamos haber llegado a esas sabias y poéticas conclusiones. Tienen a Dios por dentro, les pertenece, está vivo en ellas y las hace ser sabias, agradables, juguetonas, sorpresivas. ¡Ojalá que las reglas del mundo y los valores del reino de muerte con el que hemos reemplazado el Reino de los niños de Jesús, no les oculten el Reino de Dios para siempre...!

 

 

 

 

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