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C A R T A _D O C E |
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"En aquella hora se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron: ¿Quién, pues, mayor es en el Reino de los Cielos? Y tras llamar hacia sí a un niñito, puso a él en medio de ellos y dijo: De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como los niñitos, de ningún modo entraréis en el reino de los cielos. Así que cualquiera que se humille a sí mismo como este niñito, este es el mayor en el reino de los cielos. Y el que reciba a un solo niñito como éste en mi nombre, a mí me recibe” (Mt. 18, 1-5). El niño es un ser necesitado, manifiesta su necesidad, no se avergüenza de ella. El niño lo necesita todo, especialmente necesita padre y madre. Está abierto todo el tiempo a recibir. Recibe de todo: Amor, amistad, alegría, cariño, enseñanza, cuidados, protección, alimentos. El niño es una necesidad permanente y porque necesita y acepta con humildad, recibe; quiere recibir, busca recibir. El niño está abierto a recibir al Padre Dios, lo entiende fácilmente, lo reconoce fácilmente, se relaciona con El fácilmente. Los discípulos fueron sorprendidos por Jesús cuando “llamó hacia sí a un niñito, y lo puso a él en medio de ellos” . Nunca pensaron que podría ser un niño “el mayor en el Reino de los Cielos”. Pero la palabra mayor es muy pequeña en castellano. Cuando ellos le preguntan, lo hacen en griego, le dicen: “Quién es el super-mega; quien es el enorme en el Reino de los Cielos?” Quizás pensarían que era uno de ellos por “haber dejado todo para seguirlo” (Lc.18,28); pero no fue así. Jesús, “tras llamar hacia sí a un niñito lo puso a él en medio de ellos” . Jesús primero llamó al niño, pero no fue que sólo le dijo “ven” , no, en el niño se produjo un movimiento interno que encaminó su alma hacia Jesús. Jesús pudo entrar directamente al espíritu abierto, confiado y necesitado de este niño y encaminarlo hacia El. Por eso Jesús pone al niño “en medio de nosotros” , al centro, porque el niño es blando, permeable, moldeable, dúctil, receptor. Nosotros ya somos páginas escritas prácticamente imposibles de borrar; somos imágenes de barro que ya se endureció, habría que destruirnos para poder volver a moldearnos... Pero, si “nos volvemos y nos hacemos como los niñitos, entraremos en el reino de los cielos” . Pero no creamos que este “volverse como niños” , que usa Jesús, significa empezar a adquirir conductas, actitudes o gustos infantiles; no, eso sería postizo. Jesús nos dice que nos tenemos que dar vuelta, sacar la parte de dentro para afuera, como cuando el revés de un vestido nos lo ponemos hacia afuera. Tenemos que tener a la vista lo que somos por dentro, dejar en evidencia nuestras necesidades, carencias, nuestra innata confianza, nuestra ingenuidad, nuestra espontaneidad y permitirnos ser los receptores naturales que somos. Aceptar y confesar que necesitamos ser protegidos, enseñados, cuidados, ayudados, que queremos jugar, hacer travesuras, divertirnos. Reconocer la necesidad que tenemos del Padre Dios y abrirnos, como se abre el niño, a ser abrazados por El, movidos hacia El, galardonados y reconocidos por El. Abrirnos como se abre el niño a abrazar, besar, ayudar y ser solidario, compasivo y misericordioso con quien lo ama. Pero como nos volvimos grandes, ya somos responsables, nos valemos por nosotros mismos, no necesitamos a nadie, no confiamos en nadie, no nos abrimos a nadie, no ayudamos a nadie; “que cada uno se las arregle como pueda”, “ese es su problema”. Y esto es mentira, porque dentro de nosotros está el niño agazapado, timorato, miedoso, abandonado, oculto tras un traje y una personalidad máscara, que lo esconden para que no se descubra su necesidad de amor, de la que se avergüenza. “Hacernos como los niñitos” no es imitarlos; no, el “hacer” de Jesús significa “hacer que sea” . Que lo que se haga, se haga en el ser, en la esencia, en la profundidad nuestra. Dice que “seamos como niños” , no dice que “estemos como niños”. El “niñito” que tenemos que “hacer que seamos” , tiene que ser por dentro y por fuera. Toda yo, niña; todo tú, niño. “De ningún modo entraréis en el reino de los cielos”. De ni alguna manera; por ningún medio; por ningún motivo; no hay ninguna otra alternativa o posibilidad de entrar en el Reino de los Cielos si no hacemos que seamos niños y no lo sacamos desde adentro para afuera. Y claro, ¿cómo vamos a recibir si creemos que todo lo tenemos? ¿Cómo vamos a recibir si no nos sentimos necesitados? ¿Cómo vamos a aprender si creemos que todo lo sabemos? ¿Cómo vamos a dar si no sabemos recibir? El Padre Dios busca anhelantemente “adoradores en
espíritu y en verdad” (Jn. 4,23) y los encuentra en los niños. Su
humildad les hace recibir al Padre Dios como alguien natural, libremente, sin
preguntas, sin argumentos ni resquemores, sin prejuicios. El Padre Dios entra
directamente a su corazón porque ellos Lo están esperando, porque ellos Lo
están necesitando. Cuando un niño está relacionado con el Padre Dios, y lo
conoce, todos los demás valores son inferiores. Cuando el niño se siente
amado por el Padre Dios, cuidado por El, acompañado por El, protegido por El,
el niño se desarrolla como una persona segura de sí misma, sin miedos, sin
envidias, sin egoísmos, donante de sí mismo, porque así es el Padre Dios; se
desarrolla él mismo, sin copiar ni imitar modelos y arquetipos presentados
por la familia o la sociedad.Desarrolla su verdadero y único ser, todas sus
facultades y capacidades y contribuirá al desarrollo humano, al del hombre,
no al de la técnica ni al de la sociedad egoísta que busca sólo crecer a
partir del empequeñecimiento y destrucción de los otros. “Y el que reciba a un solo niñito como éste en mi
nombre, a mí me recibe” . Y claro que es así porque Jesús es el
Niño más importante de todos. El necesita al Padre, nos necesita a nosotros; “se
humilló a sí mismo” (Fil. 2,8), haciéndose animal humano; da,
recibe; dice
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