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EL CONFLICTO DE |
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El
conflicto de la familia de los Macabeos por defender el Reino de YHVH llegó a
ser una cruel masacre. Los griegos fueron sanguinarios hasta el extremo con
todos ellos. Pero ninguno llegó a renunciar a YHVH ni a sus convicciones y
compromiso en la gran misión que tenían. Voy a transcribir en texto
íntegramente puesto que es muy desconocido en nuestra Iglesia y demuestra la
sublimidad del amor, capaz de superar hasta el conflicto de la más brutal
muerte: "Es muy digno de memoria lo ocurrido a siete hermanos que con
su madre fueron presos y a quienes el Rey quería forzar a comer carnes de
puerco prohibidas y por negarse a comerlas fueron azotados con zurriagos y
nervios de toro. Uno de ellos, tomando la palabra, habló así: "¿A qué
preguntas? ¿Qué quieres saber de nosotros? Estamos prontos a morir antes que
traspasar las leyes patrias". Irritado el Rey ordenó poner al fuego
sartenes y calderos. Cuando comenzaron a hervir, dio orden de cortar la
lengua al que había hablado, y de arrancarle el cuero cabelludo, a modo de
los escitas, y cortarle manos y pies a la vista de los otros hermanos y de su
madre. Mutilado de todos sus miembros, mandó el rey acercarle al fuego y,
vivo aún, freírle en la sartén. Mientras el vapor de ésta llegaba bastante
lejos, los otros, con la madre, se exhortaban a morir generosamente,
diciendo: "el Señor Dios nuestro nos mira y tendrá compasión de
nosotros, como lo dice Moisés en el cántico de protesta contra Israel: tendrá
piedad de sus siervos". Muerto de esta manera el primero, tomaron al
segundo para atormentarle. Y arrancando el cuero cabelludo, le preguntaron si
estaba dispuesto a comer antes de ser atormentado en su cuerpo miembro por
miembro. El, en su propia lengua, respondió: "¡No!" Por lo cual en
seguida se le dio el mismo tormento que al primero. Estando para exhalar el
postrero aliento, dijo: "Tú, criminal, nos privas de la vida presente;
pero el Rey del universo nos resucitará a los que morimos por sus leyes a una
vida eterna". Después, el tercero fue expuesto a los insultos; y
mandándole sacar la lengua, luego al punto la sacó y animosamente extendió
las manos, diciendo: "Del cielo tenemos estos miembros, que por amor de
sus leyes yo desdeño, esperando recibirlos otra vez de El". Tanto el Rey
como los que con él estaban se maravillaban del animoso joven, que en nada
tenía los tormentos. Muerto éste, sometieron al cuarto a las mismas torturas; y estando
para morir, dijo así: "Más vale morir a manos de los hombres, poniendo
en Dios la esperanza de ser de nuevo resucitado por El. Pero tú no
resucitarás para la vida". En seguida trajeron al quinto, que mientras
le atormentaban, puestos los ojos en el rey, le dijo: "Tú, aunque mortal
por tener poder sobre los hombres, haces lo que quieres; pero no pienses que
nuestro linaje haya sido abandonado de Dios. Aguarda un poco y experimentarás
su gran poder y verás cómo te atormenta a ti y a tu descendencia". Después trajeron al sexto, que, estando ya para morir, dijo:
"No te hagas ilusiones; por nuestras culpas padecemos esto; por haber
pecado contra nuestro Dios han sucedido entre nosotros cosas tan tremendas. Pero
tú no creas que quedarás impune por haber osado luchar contra Dios". Admirable sobre toda ponderación y digna de eterna
memoria se mostró la madre, que, viendo morir en un solo día a sus siete hijos, lo
soportaba animosa por la esperanza que tenía en Dios; y en su patria lengua
los exhortaba llena de generosos sentimientos; y dando fuerza varonil a sus
palabras de mujer, les decía: "Yo no sé cómo habéis aparecido en mi
seno; no os he dado yo el aliento de vida ni compuse vuestros miembros. El creador
del universo, autor del nacimiento del hombre y hacedor de las cosas todas,
ése misericordiosamente les devolverá la vida si ahora por amor de sus santas
leyes la despreciáis". Antíoco, a pesar de creer que se burlaba de él y de sospechar que
con sus palabras le insultaba, todavía al más joven que quedaba no sólo de
palabras le exhortaba, sino que hasta con juramento le prometía, si dejaba
las leyes patrias, enriquecerle y hacerle dichoso, tenerle por amigo y darle
un honroso empleo. Mas como el joven no le prestase atención alguna, llamó el
Rey a la madre y la mandó que diese al niño consejos saludables. Como
insistiese él mucho en ello, prometióle ella persuadirle; e inclinándose
hacia el niño, burlándose del cruel tirano, en lengua patria le dijo así: "Hijo,
ten compasión de mí, que por nueve meses te llevé en mi seno, que por tres
años te amamanté, que te crié, te eduqué y te alimenté hasta ahora. Ruégote,
hijo, que mires al cielo y a la tierra y veas cuanto hay en ellos y entiendas
que de la nada lo hizo todo Dios y todo el humano linaje ha venido de igual
modo. No temas a éste verdugo, antes muéstrate digno de tus hermanos y recibe
la muerte para que en el día de la misericordia me seas devuelto con
ellos". Estando aún explicándole esto, dijo el joven: "¿Qué esperas? No
obedezco el decreto del rey, sino los mandamientos de la ley dada a nuestros
padres por Moisés. Tú, inventor de toda maldad contra los hebreos, no
escaparás a las manos de Dios. Nosotros por nuestros pecados padecemos; y si
nuestro Señor, que es el Dios vivo, se irrita por un momento para nuestra
corrección, de nuevo se reconciliará con sus siervos; pero tú, impío, el más
criminal de los hombres, no te engrías neciamente y, orgulloso y vanamente
confiado, te enciendas contra tus siervos; no estas aún libre del juicio del
Dios omnipotente, que todo lo ve. Mis hermanos, después de soportado un breve
tormento, beben el agua de la vida eterna en virtud de la alianza de Dios;
pero tú pagarás en el juicio divino las justas penas de tu soberbia. Yo, como
mis hermanos, entrego mi cuerpo y mi vida por las leyes patrias, pidiendo a
Dios que pronto se muestre propicio a su pueblo y que tú, a fuerza de
torturas y azotes, confieses que sólo El es Dios. En mí y en mis hermanos se
aplacará la cólera del Omnipotente, que con encendida justicia vino a caer
sobre toda nuestra raza". Furioso, el Rey se ensañó contra éste más cruelmente que contra los
otros, llevando muy a mal la burla que de él hacía. Así murió limpio de toda
contaminación, enteramente confiado en el Señor. La última en morir fue la madre" (2Mac.7,1-42). Y
es que la presión interna que ejerce el Espíritu Santo en la persona que
escucha Su Voz y Su Llamado, es irresistible. Es imposible decir que no.
Cuando alguien le ha dicho al Señor que sí, que puede contar con él para
defender el Reino y |
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